Ángel Borreguero: «Mi aspiración es que en mi libro no haya ni una sola idea»
Escribe | Francisco Javier Jiménez Bautista
Ángel Borreguero apenas tiene treinta años y ya ha publicado dos libros en El sastre de Apollinaire, cuyo catálogo atesora pequeñas obras maravillosas. El joven escritor es un tanto idealista en sus idearios políticos, pero la docencia en los institutos de Extremadura le hace estar a pie de calle, diríamos que le pone los pies en el suelo. En sus libros, de género raro entre la prosa lírica y la poesía, leemos textos por los que desfilan personajes o tipos de los que se nos da noticia escasa y fragmentaria: apenas una descripción o una situación. La vida y la literatura se suceden y se mezclan de forma natural.
José Antonio Llera lo define como «álbum de fetichista por su mirada obsesiva y mórbida». Un álbum de muchachos que escapan a la belleza canónica y por eso resultan más atractivos, son cuerpos deseados o ya devorados, sexualizados e imperfectos. Los dos libros se abren con sendos prólogos de Luis Antonio de Villena y José Antonio Llera en los que se nos dan explicaciones de lo que viene después. El primero de ellos, Putitos (2023), se cierra con dos epílogos, uno a cargo de Mario Martín Gijón, que imparte una lección impagable sobre el libro, y otro de Elvira Navarro, cuyo análisis lo sitúa en la geografía literaria. Mario Martín describe a los «Putitos» como «príncipes nubios del arrabal». Elvira Navarro describe el libro como «un mapa de lecturas sobre una carne siempre sexuada, multiplicada, coleccionada, comida a veces como una fruta podrida, a menudo casi abstracta». El poeta bebe de muchos autores, de distintas épocas y afiliaciones, pero además juega con las técnicas herederas de las vanguardias, entre las que sobresale el surrealismo. Conocedor de los recursos literarios, acierta con el lenguaje empleado y las imágenes evocadoras de un mundo sórdido, con granos, olores, colores sucios y brillantes, con gorduras, todo percibido por los sentidos que juegan un papel fundamental en el libro. Con todo esto, no resulta desagradable el mundo de los «Putitos» porque son cuerpos deseados, sexualmente apreciados.
El segundo libro, Puer delicatus (2025), es más visual, todo lo que se refiere a los personajes se adelgaza y las imágenes son más sintéticas: «Es el muchacho guisante. El herbazal de la mejilla». La prosopografía se limita a un aspecto o a una imagen, es mucho más fragmentario. Los textos tienen un valor por sí mismos, pero leídos todos de un tirón adquieren un valor supremo, como si la fragmentación tuviera una dimensión cabal. El propio autor describe Puer delicatus como una galería de personajes fantásticos, donde cada fragmento es una especie de fotografía deformante. La obra, que consta de 123 poemas o fragmentos, no sigue una trama lineal, sino que se estructura a partir de un montaje cromático en el que predominan el amarillo, el verde y el rosa. Sus maestros y sus influencias no dejan de aumentar y aparecen Roland Barthes, Marcial, Vargas Llosa, Paul Auster, la lista es interminable.
La literatura de Ángel Borreguero se aleja de temas cotidianos o existenciales del ser humano, no encontraremos una reflexión profunda del mundo, sino una mirada insólita y parcial de la realidad, aparentemente superficial, es el lector el que se ve interrogado y fuera de sus casillas ante la sorpresa de lo que tiene delante. El sentido de la literatura debe proporcionar al lector explicaciones sobre el mundo, pero también situarlo ante la extrañeza de lo inexplicable, de la incertidumbre, de lo que no se conoce al completo. No hay amor ni sexo pero sí deseo y sensaciones que llegan por los sentidos, se huele, se ve, se toca. Y vuelve sobre lo mismo una y otra vez, en uno y otro texto, acumula postales como si la vida fuera volver a hacer lo mismo en una rueda infinita. Pero no busquemos una metafísica nueva, no es el objetivo del autor, que se queda en la piel de las cosas. Por esa razón cita y trae palabras de otros que ya lo habían escrito, para mostrarnos que lo que dice ya estaba dicho. No hay nada nuevo, pero ahí el lector participa, lee y revive con su bagaje de una forma nueva. Lo nuevo no es lo que escribe Borreguero, sino lo que lee el lector. Entrega al lector unos textos que conforman un mundo nuevo solo descrito, no contado ni explicado.
En la conversación con Ángel Borreguero aún surgen otros escritores y otros temas siempre relacionados con la literatura, el cine, el arte y la cultura popular, lo que demuestra que tiene una amplitud de miras a la altura de sus cuasi poemas. Durante una tarde primaveral, en la localidad badajocense de Don Benito, se sometió a nuestras consultas y tuvo la tranquilidad de responder a todo.
—¿Podrías decirnos qué haces un día cualquiera, lees, viajas, ves películas…?
—Tengo una vida muy sedentaria, poco aventurera, vivo en Don Benito y mi vida es la lectura, soy nocturno, me levanto muy tarde y aprovecho la tarde para leer hasta el amanecer.
—¿Cómo eliges los libros, por el autor, por la obra o por otros criterios?
—Me gusta mucho el autor-personaje, gente como Francisco Umbral, Camilo José Cela, Leopoldo María Panero, este autor que aspira a borrar la frontera entre el arte y la vida, esa cosa artaudiana. Antonin Artaud es uno mis referentes, como Salvador Dalí, muy criticado, pero a mí me parece que es un artista total, leí su novela Rostros ocultos y todavía es una de las novelas de cabecera. Tiene una parte mística que me gusta, como la mixtura cuando quiere unir el arte, la vida, la ciencia, cuando quiere traspasar las fronteras de la mortalidad, Dalí no se conformaba con menos que con ser inmortal y a mí me parece que eso es lo mínimo a lo que puede aspirar un escritor.
—¿Lees algo más además de novela y poesía?
—Es verdad que no creo mucho en los géneros literarios, soy muy partidario de esos experimentos líricos narrativos que triunfaron en la transición en España, como Álvaro Pombo o como el propio Umbral, que escribían novelas que los críticos no consideran novelas, que están desprovistas de valores típicamente novelísticos, no condensan la trama…
—Quizá el propio autor huye de esa clasificación e intenta ensanchar las normas de los géneros.
—Claro, es verdad que los escritores que me interesan son de núcleo lírico, me gusta el escritor de metáfora, plástico, aunque puede concretarse en muchas formas, Agatha Christie me encanta y me interesa mucho Marguerite Duras que hace experimentos entre el guion cinematográfico, la novela y el poema extenso en prosa. Quizá leo poco ensayo porque las abstracciones me interesan poco, prefiero manipular y dejarme sorprender por gente que se centra en la materia, en lo perceptible por lo sencillo.
—¿Lees con lápiz y libreta? ¿Cuál es tu método para recordar las citas?
—No tomo notas, lo conservo en la memoria, no utilizo ningún método para recordar una frase o un episodio. Soy muy fetichista del objeto libro, nunca los subraya ni los doblo, tengo la manía de que mis libros estén casi como en una librería de nuevo, y ordenados, según criterios cambiantes, aunque prefiero el criterio cronológico. Confío mucho en la memoria. Se decía antes que la memoria es la forma suprema de inteligencia, prefiero dejarlo todo ahí, lo que no se conserva en la memoria que se disuelva.
—¿Cuándo empezaste a escribir?
—Mi escritura fue muy tardía, quizá a los veinte años. A los catorce o quince años ya sabía que iba a ser escritor y perdí el gusto de leer por leer muy pronto porque desde muy temprano fue leyendo con vistas a hacer mi propia obra. Yo lo sufría y lo sentía como una carga, leía una obra de Álvaro Cunqueiro y estaba pensando en este adjetivo o aquel verbo, pero no me atrevía a escribir, estaba paralizado.
—Es decir, ¿no has tenido que despreciar ningún texto anterior a los veinte años?
—No hay nada. Soy un escritor muy escaso, lo que he escrito está editado.
—¿Hay un momento en tu vida en el que sientes que eres escritor o que quieres serlo? ¿Hay un hecho que podríamos llamar fundacional? ¿Quizá un libro o un escritor?
—Yo llegué a la literatura a través de la política, de las obras completas de José Antonio Primo de Rivera salté la primera novela de Ramiro Ledesma Ramos, cuya primera novela me deslumbró, El sello de la muerte, que tenía un prólogo de Alfonso Vidal y Planas, un escritor marciano al que conocí por Juan Manuel de Prada y que me llevó a la Generación del 98, porque Ramiro Ledesma describe a la manera barojiana y unamuniana. Las novelas policíacas de Agatha Christie y Chesterton también fueron pilares literarios de mi adolescencia. De Agatha Christie me interesa la creación de los personajes y la ambientación, yo la cito mucho porque es una maestra del ambiente, en una frase te sitúa en la acción: «La habitación olía a colonia, galletas rancias y alcanfor», ahí está el cuarto de una mujer enferma.
—¿En qué género literario se clasifican tus libros?
—Yo entiendo que hay que acotarlo, pero realmente la idea que yo tenía era la de hacer una novela porque entendía que la novela era el saco donde cabe todo, como decía Baroja, yo quería ser novelista, pero las novelas que había leído eran de núcleo lírico y estaban muy desestructuradas y lo que a mí me sale es algo que se parece poco a una novela.

La edición de Putitos (2023) y Puer delicatus (2025), los dos libros que hasta el momento ha publicado Ángel Borreguero.
—Mario Martín Gijón define tus escritos como epigramas descompuestos, José Antonio Llera dice que es una poesía cubista, fragmentaria, cenefas del estilo, gestos ardientes, patitas de mosca sobre el edulcorante, cubitera de color fosforito. ¿No temes que se te clasifique como un escritor trivial, que todo es forma sin fondo?
—Mucha gente ha pensado esto, me consuelo pensado que eso también se lo dijeron a los autores que a mí me interesan mucho, como a Francisco Umbral, del que Juan Marsé decía que escribía «prosa sonajera». Yo creo que eso no es así, sobre todo en las novelas eróticas como La bestia rosa y en Los amores diurnos, se desprende un clima ético que a lo mejor no es aprehensible a primera vista, pero está ahí. Yo sí creo que tengo una ética del sentido, creo que no escribo por escribir, eso sería inútil y absurdo.
—¿Escribes textos sueltos que reúnes en un libro o tienes una idea general en tu cabeza?
—Yo tengo la idea general en la cabeza, he visto el libro completo en mi cabeza, pero la escritura es una cosa sorpresiva.
—¿Trabajas ya en la tercera parte de una trilogía o estás en algo distinto?
—Creo que este ciclo no se ha agotado, espero que sean tres volúmenes, no me gustaría alargarlo más porque me gustaría hacer una cosa distinta.
—¿Desechas textos?
—No desprecio nada ni corrijo.
—Las dos portadas son llamativas, ¿las has elegido tú?
—La portada de Putitos es un cuadro de Raúl Romero Altares, que es un pintor suicida que escribió un libro de poesía publicado también en El sastre de Apollinaire, en la presentación del libro quedé maravillado con su obra artística. Es una cara expresionista con colores y quería una portada similar, una figura humana pero no realista, sino pasada por el filtro de las vanguardias.
—En el segundo libro vuelves a las vanguardias con un cuadro de Paul Klee.
—Es un autor más intelectual, vi el Episode Before an Arab Town / Episodio antes de la ciudad árabe (1923) que me gustó, es una figura más adulta, me pareció que era adecuada para este libro.
—Putitos lleva un título llamativo. ¿Existen los «Putitos» o son imaginarios?
—No existen. Son imaginarios, están construidos de una manera cubista, la realidad está desmontada, ubicada y luego vuelto a montar de manera insólita. El primer título de Putitos era Interior de Plaza Marrón hasta que me disuadieron y me dijeron que era un título muy azoriniano, muy de los años 50, muy local.
—Uno de los «Putitos» dice así: «La cara amarilla y un poco abombada, como de icono libanés de Juan de la Cruz. Un aire dolorido, de cosa sufriente, y una palidez a veces que lo avejenta. Cualidades suyas: la sudadera de color chillón, el aro en la nariz, la frente llena de grasa, como una emanación o un florecimiento de su interior sórdido, las zapatillas blancas y enormes». (Pág. 15) ¿Es una descripción, una imagen, una mirada? ¿Son los «Putitos» una galería de seres de la noche?
—Estos «Putitos» vienen de las descripciones de las novelas de Agatha Christie; del mundo de Dennis Cooper, un novelista norteamericano que me gusta mucho y es muy bestia, que pinta adolescentes granujientos, un poco desorientados; vienen también de la tradición de las vanguardias hispánicas, de Gómez de la Serna, de Umbral, de Cela, de uno de sus libros titulado Historias de España. Los ciegos. Los tontos (1957), en una parte describe a discapacitados y en la otra a invidentes; de todas esas literaturas bebo, son descripciones muy coloristas, muy expresionistas. De las películas de Larry Clark y del guionista Harmony Korine, que tiene otra película que se titula Gummo.
—De otro «Putito» se dice que «Tenía un color amarillento, como una masa seca (Canetti), y era como una figura de mazapán, la naricita de corteza de queso y el abrigo largo, ¿Burberry?, color ciclamen». En tus poemas hay mucho color, olor y sabor, ¿te planteas una poesía de los sentidos por encima del contenido?
—Sí, totalmente, es una poesía de los sentidos. Es lo que repitieron tanto los novísimos, una frase de Wallace Stevens lo define muy bien: ellos preferían utilizar en el poema la palabra manzana antes que la palabra ausencia, siempre realidades palpables. Mi aspiración es que en mi libro no haya ni una sola idea.
—Teoría del amarillo. El color amarillo está presente en los dos libros de forma casi enfermiza. ¿Tiene un significado particular?
—No es intencionado, pero no he querido evitarlo. Uno de los primeros lectores, José Antonio Llera, me dijo que eran excesivos, pero fui amarillo por amarillo y no podía sustituir ninguno. En el segundo libro hay menos, es un libro más verde, el amarillo se desliza hacia el amarillo limón y acaba en el verde. Es un libro más vegetal, hay mucha verdura, es un libro muy comestible, pero en el primero no pude sustituirlos por sinónimos, porque esa estética de ingenuidad se perdía.
—En otro de los «Putitos» parece que hay una escena incipiente o un juego de palabras, no sabemos si es el inicio o el final de un suceso, puede ser una metonimia o una elipsis: «El olor a manzanas podridas, la cabeza blanda y negra: el putito se revuelve en la cama con el aliento caliente, cérvido. Amarilleces en su carota enorme que es como un pudin de verano: roja y espumada. Un santo de goma o azúcar, verde pálido, le hace guiños desde la estantería». Lo podríamos clasificar de género narrativovisual, algo va a pasar pero se queda en el intento.
—La acción no cuaja, se queda ahí, casi en nada. Pero no veo la elipsis porque lo que no está, no está, pongo lo único que me interesa, he ido dejando fuera todo lo demás, lo que no me interesa, la literatura y la vida, no hay tiempo. Mi método es acumulativo, tengo una escritura tan escasísima que sudaba para ver algo de material.
—En el segundo libro disminuye el amarillo porque los textos se adelgazan, se condensa, es más visual, más descriptivo y, por lo tanto, se puede decir que a más imagen corresponde menos amarillo.
—Sí, efectivamente.
—Hay cierta fijación con lo feo, grotesco o defectuoso en el cuerpo, ¿cómo explicas esa obsesión? Es un cierto gusto por lo soez o por lo feo, por los granos y el olor. ¿Es tu realidad como escritor? ¿Lo buscas o lo encuentras?
—Es mi realidad deseante, podría decirse. Lo busco, los granos me parecen muy visuales, desde niño me encantaban los granos, los monstruos, los muñecos que al apretarlos les salía una pompa llena de líquido, con grumos. Además, están los muñecos de cabeza de goma y huelen mal, cada muñeco tiene un nombre y un olor particular, y los pelos de un color. Estos «Putitos» obedecen a esos juguetes de la infancia.
—Entre los «Putitos» aparecen personajes de todo tipo, Juan de la Cruz, Rimbaud, Villena, Lucía Etxebarría, Joyce, Burberry, Popeye, Bataille, Nati Mistral, Handke, Goytisolo, Salinger, Keanu Reeves, no dejas nada fuera, cine, literatura, poesía y novela, etc. ¿Qué función tiene en el mensaje esa explosión de referencias?
—Yo creo que ayudan a construir la imagen, que no existe sin esa ayuda, muchas veces es la cita literaria la que es la generadora del propio texto. Por ejemplo, cuando digo «La hostería de amor es rosicler» es una cita de Pere Gimferer que cito entre paréntesis, y luego lo amplío: hay caviar, cosas. Es decir, la cita es generadora, como el nombre propio.
—En otro texto aparece una cita de Luis Antonio de Villena y otra de Lucía Etxebarría, tachada: «Las cosas no cambian en lo sustancial porque una se haya dejado transitar el cuerpo un poco» (Lucía Etxebarría) y «Porque amo, y la mano parpadea en el aire» (Luis Antonio de Villena).
—Es una cita que me encanta, de la novela Beatriz y los cuerpos celestes, la única novela legible de la autora, hubo un tiempo en que la leí mucho y recuerdo que en un concurso de la TV, Campamento de verano, yo era adolescente y me sentí muy identificado con ella porque me pareció que era una persona muy desastrosa, lo hacía todo muy mal y luego no entendía por qué las cosas le iban mal, pero su comportamiento era deleznable. Yo me sentí identificado con ese personaje y leí Beatriz y los cuerpos celestes y me quedé con esa frase, que en la vida no cambia lo sustancial porque uno se deje transitar un poco el cuerpo. Me pareció que era la respuesta natural a un poema de Villena que decía «Porque amo, y la mano parpadea en el aire. / Deseo, y el ansia no se transforma en cuerpos rubios». Pensaba que estaba la parte del deseo, de Villena, y la parte del desencanto, que es la de haber conseguido lo que se deseaba y darse cuenta de que luego nada ha cambiado de lo fundamental. Cuando llevé mi libro a Villena para que lo leyera y escribiera un prólogo, si quería, se molestó al verse junto a Lucía y me dijo que debía tacharla. La taché pero la conservé. A Villena le pareció divertido porque fue como una venganza.
—La cita de Lucía Etxebarría tiene un fondo moral que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Tiene la poesía una función moral?
—Eso es muy interesante. Aunque no lo parezca, soy un escritor con una preocupación, con una pulsión ética importante. Yo creo en una cierta ética de la escritura, porque si no fuera así, todo sería fuego de artificio, daría lo mismo ir en una dirección que en otra. Algunos me reprochan cierta inmoralidad, me lo dijo Álvaro Pombo, por ejemplo. Ahora bien, si la moralidad es entendida como una serie de normas que van cambiando en el tiempo, a lo mejor mis libros son unos inadaptados si no se adecúan a la moralidad de estos tiempos. Sí tengo una preocupación ética, en ese sentido soy un heredero de Sartre y Álvaro Pombo, Iris Murdoch, escritores que me interesan mucho.
—Uno de los antecedentes de este tipo de literatura amoral es Catulo, que hace una poesía absolutamente irreverente para la época. ¿Podría decirse que la provocación de tu literatura es un efecto posterior?
—La provocación viene después, yo he sido un inadaptado toda mi vida. Es el lector el que se ve provocado. Es inevitable que mi literatura incomode en ese sentido, pero yo me tengo por un escritor ético, la idea del bien me interesa mucho.
—El título del segundo libro, Puer delicatus, ya aparece en uno de los «Putitos». ¿Se puede hablar de diferente concepción con respecto al primero?
—Es una prolongación del primero, mucho más radical, los textos están adelgazados de todo lo que me molestaba en el primero, de todo lo que pensaba que era superfluo, especialmente la narratividad, he querido hacer un libro antinarrativo.
—Puer delicatus es un título que contiene ternura y amabilidad frente al primero, más abrupto. ¿Es premeditado?
—Mi intención era querer decir lo mismo, Puer delicatus es una reescritura radical de Putitos.
—¿El «Putito» también puede ser un puer delicatus?
—El «Putito» puede ser un puer delicatus, es un poco lo mismo, estaba buscando otra forma de verlo, con cariño. Por otro lado, el puer delicatus va en la línea de la poesía de Catulo, Tibulo, Propercio, que tenían amores secundarios, de muchachos desdeñosos que no hacían mucho caso a los poetas pero que son una especie de joy forever, de Endimión de Keast.
—En la presentación en Madrid de Puer delicatus los presentadores expusieron dos maneras de entender el libro: para José Antonio Llera el libro es una colección de fotos sueltas, Para Jesús Ferrero, sin embargo, el libro tiene un fondo narrativo, por acumulación, algo en lo que yo no había pensado.
—A mí no me parecieron irreconciliables, son fotos sueltas, son trozos de sustancia humana. No hay hilo narrativo, pero por acumulación se genera como un clima, Ferrero hablaba de samsara, de rueda de sufrimiento, por acumulación se puede hablar de novela por el clima, por la atmósfera.
—Visto así, no hay mucha vida en los «Putitos», son ficción o cuasi ficción…
—Una vida imaginada, una autobiografía espiritual.
—¿Se podría hablar de una visión del mundo? Anotas como un acta del mundo que te rodea.
—Sí, claro. Es una visión del mundo. Es el poeta como notario que levanta acta, no lo había pensado pero me parece muy bien la idea notarial del espíritu.
—En algunos textos se puede hablar en vez de imágenes, de metonimias, eliges la parte por el todo, hay textos que parece que están sin terminar, como si estuvieras buscando la intervención del lector para que dote al texto de un sentido completo que no aparece, para que termine el texto.
—No es el objetivo, pero bueno, no lo había pensado.
—En tus libros es difícil trazar una estructura cerrada, pueden leerse sin orden, como si fueran textos sueltos.
—Uno de los problemas que tuve fue cómo organizar el libro, sobre todo porque eran frases sueltas, el criterio cronológico no servía, el contenido del libro podría haber sido modificado sin alterar el contenido, tenía en la cabeza el clima, pero no sabía cómo concretarlo.
—Quizá eso es fruto de la fragmentación.
—Eso también, desde luego.
—Las citas son numerosas y muy variadas, aparecen descontextualizadas, ¿no crees que algunas pueden reinterpretar lo que dices?
—Sí, claro, al sacar esas palabras de contexto significan otra cosa y se tuerce el significado del autor citado, alguno de los autores estaría horrorizado, efectivamente quiero torcer los significados, porque me sugieren otras cosas.
—¿No temes que la fragmentación lleve a tus libros a mera referencia?
—Yo creo que sí, esa es la idea. La relación con el libro va cambiando, cuando uno lo publica le coge asco, es algo físico, como una náusea, aunque con Putitos me reconcilié después, alguna vez tengo la impresión de que no haber sido capaz de hacer una cosa más trabajada, que fuera densa pero a la vez extensa.
—En la actualidad no hay mucho interés por la profundización en los temas, la narrativa actual, literaria pero también la informativa es fragmentaria, las redes sociales han impuesto el modelo de la frase corta o el eslogan. Quizá tus libros están en esa línea.
—A mí no me gusta mucho la profundidad, como decía Margaritte Durás «lo profundo es la piel», yo me quedo con eso, lo profundo es el fogonazo, el olor, la estética.
—¿Por qué escribir en un mundo o en un momento en que lo fragmentario es lo profundo y aportar un fragmento que quizá quede diluido en la fragmentación universal?
—Yo creo que hay una mística, hay una espiritualidad muy clara, también hay una mística en la escritura y una mística sexual. Pero claro, estos personajes aparecen vistos a través de un cristal, contemplados desde fuera, el propio yo se va disolviendo en esta contemplación.
—Un poeta clásico sublime.
—Juan de la Cruz.
—¿Y más actual?
—Leopoldo María Panero.
—Un libro de poemas de cabecera.
—Los enunciados protocolarios de Pombo.
—¿Con qué poetas te gustaría compartir una antología?
—Luis Antonio de Villena, Juan Antonio González Iglesias, Antonio Praena y un poeta joven como Óscar García Sierra.
—Un novelista que te apasione.
—Agatha Christie e Iris Murdoch.
—Una novela.
—El hechizo, de Alan Hollinghurst, porque es muy psicológico.
—Una película.
—Tenebre de Dario Argento
—Un director de cine.
—Jaime de Armiñán.
—Un pintor.
—George Grosz.
—Un cantante o una canción.
—No escucho mucha música, «Mi Marilyn particular» de Nacho Vegas, que va sobre un tema escabroso.
—¿Qué estas leyendo ahora?
—Estoy leyendo a Ricardo Piglia, Nombre falso, y acabo de leer un cuento que me ha gustado mucho «El Laucha Benítez cantaba boleros», una historia no sé si exactamente de amor, entre un boxeador, un peso mosca, que dice Piglia que tiene cara de monito tití y un gigante de barbas rojas que lo mata al final a golpes.
—¿Te interesa mucho la literatura homoerótica, homosexual, gay?
—Me gusta la literatura gay clásica, prefiero que se hable de literatura homosexual a gay. Yo creo que soy pregay en mi sensibilidad, creo que los escritores que me interesan no son gays porque son anteriores a Tom Wolfe, como André Guide, Oscar Wilde, incluso Propercio… Los autores homosexuales que me interesan y que han vivido en la época gay parece que han vivido en permanente lucha contra el concepto gay, contra el matrimonio gay, como Álvaro Pombo, han sido unos inadaptados, creo que tengo algo de escritor pregay. Busco esta literatura que se mueve en torno a estos temas.
—Una última cuestión, ¿vas a salir de este tipo de literatura?
—No lo creo porque es lo que me gusta. En la vida me interesan muy pocas cosas, tengo un abanico de posibilidades muy limitado. Ma interesa el sexo y me interesa la literatura. La literatura que hago está cruzada por el deseo y por el sexo.

