«La repetición de la palabra» y otros cuatro poemas de Sebastián Martínez Fernández

Sebastián Martínez Fernández (Conchalí, 1985). Licenciado en Educación en Filosofía por la Universidad de Santiago de Chile. Ejerció la docencia en colegios, escuelas y universidades en esa ciudad entre 2006 y 2015.

Actualmente realiza estudios de postgrado en Literatura en la Universidad de Bielefeld (Alemania) donde ha publicado y editado libros de ensayos de Humanidades y Ciencias Sociales. En la misma institución labora como asistente de investigación en el departamento del Center for Advanced Latin American Studies (Calas). Ha participado como expositor en diversos congresos en Europa y América Latina.

Martínez ha publicado el poemario La repetición de la palabra (2017), en Editorial Mahout.  Actualmente trabaja en la escritura de dos novelas. A continuación compartimos tres textos escogidos de su primera publicación y otros dos poemas que, hasta el momento, mantenía inéditos.

De pronto se hace necesario comprender algo que se encontraba oculto
bajo los años de una memoria lejana,
una noticia que nos viene desde otro tiempo
como flecha, como rayo, como una leve pluma
movida por el viento,
que no es el de la historia,
ni el viento de los nuevos vientos,
de esos que siempre se dice están por venir,
pero que se encuentran, una y otra vez,
con las murallas, con las paredes de ladrillos, con las cortinas sólidas
que se construyeron hace muchos años,
esos mismos años desde donde nos viene una noticia
que quiere atravesar los días desde su origen.
Y se hace necesario, de pronto, estar atento,
oír las voces, los gemidos, el sonido de las balas,
las palabras que quedaron tiradas por las calles
y luego fueron barridas por las lluvias,
por el paso del tiempo, el caminar de los peatones,
el andar de la locomoción colectiva y los autos particulares,
palabras que aparentemente se perdieron.
Pero es bien sabido que nada se pierde en realidad,
que secretamente permanecieron ocultas por años
y que hoy, pero también ayer y probablemente mañana,
vienen, vinieron y vendrán
traídas por un viento extraño de olor reconocible,
como el de la una infancia común en la que crecimos,
pero en la que también sufrimos e intentamos sonreír,
como el olor de un gran incendio que aún arde en alguna parte,
como el olor que aún permanece impregnado en recintos deportivos,
en piezas, en salones, en subterráneos,
un olor que no se va, ni se borra, ni se olvida.
De pronto, mañana será necesaria la repetición de la palabra,
de la noticia que será una vez más traída por la brisa
en forma de poema, canción, o simple voz tranquila,
y será también necesario repetir junto al viento,
recoger las palabras tiradas por las calles de esta ciudad,
tratar de oírlas, lanzarlas, declamar y gritar con ellas
para cuidarlas del olvido.

De La repetición de la palabra (2017). 

Cuando despierto descubro
que me encuentro en el mismo lugar
hace muchos años.
Una calle larga, con algunos árboles,
con casas habitadas y jardines,
autos, niños jugando en las veredas,
ancianas barriendo hojas
con escobas que hace mucho no son útiles.
Creí haber salido de aquí hace un tiempo,
no demasiado, pero lo suficiente para pensar
que esto me era, de algún modo, lejano.
Hoy despierto con el viejo sol en la cara,
en medio de un invierno que no llueve por fuera
sino por dentro, en lo más hondo,
en la última habitación de la última casa
de esta calle donde un niño corre,
un hombre enciende la luz de su negocio,
una mujer sale apurada a trabajar
y yo despierto,
sintiendo nuevamente el peso del aire.
Recuerdo, sin embargo, que partí
por un largo camino sin señales,
y parece que fue hace años,
cientos o miles,
lo que ocurrió tan cerca,
pues miro a mi alrededor
y nada ha cambiado:
sigue verde la casa donde murió el amigo de la infancia,
una iglesia, una imagen prendida de velas,
luces que parpadean sin ser estrellas
ni galaxias ni constelaciones lejanas,
simple luminaria pública al borde de la desaparición.
Pero a pesar de estar aquí, despierto tranquilo,
pues creo haber oído la palabra,
una palabra que recogí muy lejos,
la que me ayudará cuando descubra
que salir de este lugar
me es imposible.

De La repetición de la palabra (2017). 

He dicho que a dos calles de aquí
habita un hombre mínimo,
una existencia condenada a la imposibilidad
de abandonar su mísero jardín.
Rodeado de escombros
—desperdicios que produce la vida—
se mueve de un lado a otro
dentro de los precarios límites de su hábitat.
Para quienes lo vemos desde fuera,
parece completamente ajeno,
un espectáculo más producto de los tiempos.
Precaria lona le protege del sol y de la lluvia,
sus vecinos le ignoran,
toda vida ha muerto a su alrededor.
Es nuestro Sísifo moderno,
un hombre condenado a reordenar,
indefinidamente,
los deshechos del mundo.

De La repetición de la palabra (2017). 

…………………….Mi vida transcurre, más o menos, igual que antes. Quiero describírtela
…………………………..detalladamente, así todos los días podrás imaginarte lo que hago.

………………………………………………………….Antonio Gramsci, en una carta a Tania

He visto la humildad del hombre
tomar tan diferentes formas
como tantos hombres he visto.

Hace años vi uno que
súbitamente desapareció
en el más absoluto silencio
procurando borrar incluso su recuerdo.

Otro
intentó escapar de una fiesta
sin que nadie lo notase
y esperó pacientemente
hasta que la puerta se abriera
para deslizarse como animal.

La forma de la humildad del hombre
tiene caras,
se sabe que la tristeza
es una de ellas:
la veo algunas tardes
entre el vapor de los espejos
y me digo: quiero ser humilde
como aquel hombre que intenta
en mitad de la noche
abrir el refrigerador
para robar algo de comida
mientras todos duermen,
pues hay momentos
en los que algo de arroz
y dos tomates
constituyen una victoria.

(Demás está decir
que ese
alguna noche fui yo)

La humildad de los hombres
es justa
es necesaria
y no deja de aparecer.

Hace poco vi a uno frente a sus padres
Intentando dejar de respirar
por miedo a que notasen su presencia.

Invisiblemente
la humildad va modelando sus formas
permitiéndonos estar aquí
a pesar de los golpes
y, por qué no decirlo,
a pesar de las penas.

La humildad:
siempre tan disímil
aunque uniforme.

Puede ser el gesto incómodo al caminar,
la indiferencia de un ojo,
guardarse palabras en los bolsillos,
no bañarse una mañana,
o levantarse de la cama
para ir a trabajar
aunque no se tenga
razón suficiente.

(Inédito).

Estando bajo la presión de una incertidumbre migratoria,
en economía de guerra y alimentación precaria:
pan con queso, un tomate, algo de jamón, quizás.
Siendo también objeto de la caridad de mis pocos amigos,
objeto de compasión, tal vez.
Siendo no más que eso, o poco menos,
Fue cuando llegó el poema más grande.
Desapareció en aquel entonces, por absurdo que parezca,
toda distancia entre mí y yo mismo.
No vivía aún, sin embargo, en situación de calle
e incluso un par de monedas eran visibles,
a lo lejos,
en mi absurda cuenta bancaria.
Fue una precariedad mayor la que rompió
todo límite, o frontera,
entre eso que alguien llamó
yo y mi circunstancia.
La caja que habitaba, parecida a una celda,
cuando no a una tumba,
tenía los exactos límites de mi espíritu.
Los libros, apilados en un rincón,
junto a un montón de platos sucios y pelusas de polvo gigantes,
fueron la fuente de un más allá,
igualmente, limitado por mi experiencia.
En dichas condiciones,
a las que se sumaban el frío aterrador,
un pueblo rodeado de un inmenso bosque
y un idioma extraño,
fue en las que llegó el poema más grande.
Me olvidé por fuerza aquellas noches
del sol, de la luz y lengua cualquiera.
Escribí, con todo, ensayos que nadie leyó
y escribí en las paredes
con la pintura invisible
de mis pasos de extranjero,
por culpa de los cuales
amanecí, algunas mañanas,
entumido en camas que parecían casas enteras,
universos grises.
Pero volví siempre a aquella caja en que habitaba,
cada vez bajo una presión inmensa,
esa misma que me hizo olvidar
la carecía de carácter universal.
Y así, silencioso y frío,
en la más profunda y abierta introspección,
fue que llegó el poema más grande.

(Inédito)

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