Kayo Chingonyi: Iniciación o Kumukanda

Traduce | José Manuel Romero Santos


Kayo Chingonyi nació en Zambia en 1987 y se trasladó a Reino Unido cuando tenía seis años tras el fallecimiento de su padre. Vivió en Newcastle, Londres y Essex y su madre falleció cuando tenía trece años. Era un ávido coleccionista de cassettes y le gustaba llamarse rapero.

Chingonyi es becario del programa de Obras Completas por la diversidad y calidad en la poesía británica y autor de dos plaquettes, Some Bright Elegance (Salt, 2012) y The Colour of James Brown’s Scream (Akashic, 2016). Su primera obra extensa, Kumukanda, fue publicada en junio de 2017 por Chatto & Windus y obtuvo el Premio Dylan Thomas y un Somerset Maugham Award. Kayo ha sido invitado a leer su obra en salas y eventos por todo Reino Unido e internacionalmente. Le fue concedido el Geoffrey Dearmer Prize y ha cursado residencias con Kingston University, Cove Park, First Story, The Nuffield Council on Bioethics, y la Royal Holloway University de Londres en partenariado con Counterpoints Arts. Fue Poeta Asociado en el Institute of Contemporary Arts desde otoño de 2015 hasta primavera de 2016, Anthony Burgess Fellow en la Universidad de Manchester en 2018, y coeditó el número 62 de Magma Poetry y la edición de otoño de 2016 de The Poetry Review. En la actualidad es editor de poesía para The White Review. Kayo es también MC, productor y DJ y colabora regularmente con músicos y compositores tanto como poeta como letrista.

Fuente 1.

Fuente 2.

La presente muestra de su poesía tiene como traductor a José Manuel Romero Santos:


El color del grito de James Brown

Para Steve McCarthy y Todd Bracey

Te he conocido por diversos nombres
pero hoy eres Larry Levan,
tu mano sobre el plato en la humeante
sala del recuerdo de un feligrés del Garage.
Sigues el ritmo de ‘When Doves Cry’,
mientras sacudes tus caderas,
y el sudor te gotea desde el pelo
color del grito de James Brown.
Rey de King Street, todavía nos movemos
bajo el mismo sonido, aunque algunos
no sepan que es tu tumba
sobre la que danzamos, dominando la pista
el machismo vencido por el ritmo —
todos los listillos son unos fantasmas
si el DJ toca ‘Heartbroken’
en el momento justo para estos pies cansados.
Enséñanos a transformarnos, Legba,
debes saber que yo sabría reconocer tu acostumbrado
shuffle, ese miembro fantasma, en cualquier sitio;
que veo tu mano en la vorágine
de una pareja, en medio de la pista,
deslizándose resbaladizos y veloces como un corte de pelo
hecho por la mano de un barbero puertorriqueño
que blande una navaja de afeitar como un pincel.
Deja que nos convirtamos en algo como ellos, una oda
a la noche, pidiendo cerveza en un lenguaje
corpóreo a un camarero que contesta
moviendo sus brazos en un arco,
al estilo Willi Ninja, para preparar una bebida
que ansiarán nuestros labios, un sabor que hemos estado
intentando desde entonces recrear.

The Colour of James Brown’s Scream

for Steve McCarthy and Todd Bracey

I have known you by many names
but today you are Larry Levan,
your hand on the platter in the smoky
room of a Garage regular’s memory.
You are keeping ‘When Doves Cry’
in time, as you swing your hips,
and sweat drips from your hair
the colour of James Brown’s scream.
King of King Street, we are still moving
to the same sound, though some
of us don’t know it is your grave
we dance on, cutting shapes
machismo lost to the beat —
every road man is a sweetboy
if the DJ plays ‘Heartbroken’
at just the right time for these jaded feet.
Teach us to shape-shift, Legba,
you must know I’d know your customary
shuffle, that phantom limp, anywhere;
that I see your hand in the abandon
of a couple, middle of the floor,
sliding quick and slick as a skin-fade
by the hand of a Puerto Rican clipper-man/
who wields a cutthroat like a paintbrush.
Let us become like them, an ode
to night, ordering beer in a corporeal
language from a barman who replies
by sweeping his arms in an arc,
Willi Ninja style, to fix a drink our lips
will yearn for, a taste we’ve been
trying to recreate ever since.


Autorretrato como un Emcee del Garage

I.

117 Retford Road, Harold Hill, Essex.
No puedo dormir, pues no hay sirenas,
no hay gritos de vecinos que me arrullen
con horribles sueños de Natasha Laurent.
No hay vista panorámica para el esparcimiento
pero bajo la luz adecuada esta ventana
muestra, no esta ciudad-blanca-vista-de-satélite,
sino Londres desde una altura de diecisiete pisos:

el río Wandle una serpiente enroscada
engullida por el Támesis,
amigos cruzando el camino
que va al parque en mi ausencia,
el callejón entre unos pisos donde Sacha da patadas
a un balón andrajoso contra el simulacro de una portería,
un muro frente al que su hermano Stacey se coloca,
las manos envueltas en guantes de portero.

Es nuestra primera noche en esta triste casa.
Echo de menos Delight 103.0
y sin cintas que me hagan recordar
Kiss 100 es la mejor opción, pero no ponen las canciones
para las que existen mis baratos cascos.
Al presentarnos los vecinos nos hablaron sobre cómo
la chica anterior, en paz descanse, estuvo días sin aparecer
*

Self-Portrait as a Garage Emcee

I.

117 Retford Road, Harold Hill, Essex.
I can’t sleep because there are no sirens,
no neighbour’s screams lulling me
to lurid dreams of Natasha Laurent.
There is no panoramic view for solace
but in the right light this window
shows, not this white-flight-satellite-town,
but south London from seventeen floors up:

the River Wandle a coiled snake
swallowed by the Thames,
friends crossing the road
to the park in my absence,
the alley between flats where Sacha blasts
a tattered ball into the goal-net simulacrum,
a wall against which his brother Stacey stands,
hands shrouded in Goalie Gloves.

It is our first night in this grieving house.
I miss listening to Delight 103.0
and with no tapes to remind me
the best bet is Kiss 100 but they don’t play the songs
for which my cheap headphones exist.
When we pitched up the neighbours spoke of how
the old girl, God rest her soul, wasn’t found for days
*


Kumukanda

Pues no bailé entre mis hermanos iniciados,
siguiendo una procesión circular desde los bosques en el límite
de una aldea, la gente de Tanta me creería inacabado—
un niño que nunca se deshizo de un estado infantil
para cruzar el río que los chicos de nuestra tribu han de cruzar
con el objeto de morir o de volver maduros.

Crecí en una tierra extraña, a pequeños pasos:
cuando bañaba a mi madre los días en que estaba demasiado débil,
cuando la tía nos dio la noticia y yo elegí un traje amarillo
y zapatos blancos para vestir el cuerpo de mi madre,
junto a la tumba cuando el hombre al que casi había llamado
papá, aunque los dos necesitamos un abrazo, me estrechó la mano.

Si mi otro yo, que nunca se marchó, pudiera verme
¿qué pensaría de estas pretensiones literarias,
esta necesidad de hablar con una lengua que no es mía?
¿Sería él tan extraño para mí como yo lo soy para él, frunciendo el ceño
al saludarme en la lengua de mi padre
y del padre de mi padre y del padre del padre de mi padre?

Kumukanda

Since I haven’t danced among my fellow initiates,
following a looped processions from woods at the edge
of a village, Tata’s people would think me unfinished –
a child who never sloughed off the childish estate
to cross the river boys of our tribe must cross
in order to die and come back grown.
I was raised in a strange land, by small increments:
when I bathed my mother the days she was too weak,
when auntie broke the news and I chose a yellow suit
and white shoes to dress my mother’s body,
at the grave-side when the man I almost grew to call
dad, though we both needed a hug, shook my hand.
If my alternate self, who never left, could see me
what would he make of these literary pretensions,
this need to speak with a tongue that isn’t mine?
Would he be strange to me as I to him, frowning
as he greets me in the language of my father
and my father’s father and my father’s father’s father?

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