El hombre que nació como estatua

Escribe | Jorge Arias


Las confesiones Rosseau. Revista Aullido Literatura Poesía. Jorge Arias

El prólogo, las notas y el índice onomástico del escritor Mauro Armiño son admirables y serviciales. El Sr. Armiño une a la objetividad de su información la evidencia de que el autor de este libro le desagrada; disgusto que, creemos, todo lector sano ha de compartir. No podemos juzgar la exactitud de la traducción, porque no la hemos cotejado con el original francés, pero la suponemos muy buena. A la notoria versación del Sr. Armiño se agrega el destacable mérito, no por negativo menos válido, de escribir en un idioma español neutro, lejos de modismos coloquiales.

Sin desdorar sus méritos, un libro «de bolsillo» de 924 páginas, formato 11×18 cms. es una contradictio in termini; habría sido adecuado dividirlo en dos manejables volúmenes. Cuando regresamos a Las confesiones por una segunda lectura, caen hojas sueltas que solo volverán con esfuerzo a sus tallos.

Las confesiones son de un hombre en guerra. Se piensa en Jesús, con quien Rousseau se ha comparado, el Jesús que dijo que no había venido a traer la paz sino la guerra; como Jesús, Jean Jacques se procuró enemigos. La discusión, que provocaron, fue lucha; y las ideas relucen como espadas.

El comienzo de Las confesiones tiene la solemnidad de los libros sagrados. Declara único a su autor, nos exige suspender el juicio hasta la lectura de la última línea, donde espera nuestra aprobación:

He aquí el único retrato de hombre pintado exactamente del natural y en toda su verdad que existe y que probablemente existirá nunca (…).  Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza; y ese hombre seré yo. (…) Yo, solo yo (…) conozco a los hombres. No estoy hecho como ninguno de cuantos he visto (…) si la naturaleza hizo mal al romper el molde en que me vació, es cosa que no puede juzgarse hasta después de haberme leído.

Un tanto vulgar, porque todo hombre es único y la naturaleza no trabaja con moldes o modelos; y no dice que Las confesiones que se van a leer, más y menos que una confesión, que implica arrepentimiento, son un indulgente alegato, una defensa en un juicio que organizó el mismo justiciable como juez y parte.

Rousseau nació en Ginebra, Suiza, el 28 de julio de 1712 en una familia de clase media: su padre era relojero. Su madre murió a consecuencia del parto; Jean Jacques nació, al parecer (en este y otros puntos referentes al sexo Las confesiones son elípticas) con una malformación del pene que habría de requerirle dolorosos sondajes.

El hombre que muestra Las confesiones es un andariego buscavidas que se mueve por caprichos, casualidades e impromtus; es un pícaro, en el modo equívoco del Lazarillo de Tormes o del Fígaro, de Beaumarchais.

A los dieciséis años Rousseau conoce a Mme. Françoise Louise de Warens, doce años mayor, que será la primera de sus amantes, a la que llamará «Mamá». Ella estaba casada con el noble Sebastián de Warens, al que traicionó brindando sus favores íntimos al rey de Cerdeña, del que obtuvo una paga periódica que Las confesiones llama pensión. Rousseau la acompaña, parece segregar un fluido viscoso con el que se le adhiere como un molusco a una roca. Conoce y disfruta de otras mujeres, ejerce los oficios de lacayo, grabador y copista de música; rehúsa compartir los favores de Mamá, que se lo propone, con otro amante.

Hay una gran carencia en Rousseau: no parece haber conocido a Eros en el sentido que tuvo para la mitología y la literatura griega clásica, mucho más éxtasis que placer sensual; lo conoció degradado a pasión y vicio. «¿Hay amor, no digo sin deseos, que los tengo, sino sin inquietud, sin celos?». Hay en Las confesiones sentimentalismo dulzón, sensualidad ávida, algo de sexo; solo placer. Hay hasta un dejo de perversidad, en sus apenas velados onanismos, masoquismo y exhibicionismo; Rousseau encontrará una compañera en Thérèse Levasseur, a la que trata en amo. Tendrán cinco hijos, entregados al hospicio de expósitos no bien nacieron.

La segunda carencia de Las confesiones es la muy extraña relación de Rousseau con el arte literario. El autor dice amar el arte, pero es un amor que se ve poco. Amó tan poco el arte literario, como a sus cinco hijos; los escritores solemos ver y amar, como nuestra progenie, tanto a nuestra descendencia según la carne como a nuestros intentos de arte. Así escribió Ezra Pound en su poema «Encargo»:

Id, cantos míos al solitario y al insatisfecho /

Id también al desquiciado, al esclavo de las convenciones

Confía una misión a sus hijos, los Cantos, a los que ama más allá de toda duda; en cambio recorremos Las confesiones y así como casi no encontramos una mención a los embarazos de Thérèse, tampoco nos cuenta la génesis de sus obras literarias, como si no las hubiere engendrado y todo sucediera por obra y gracia del Espíritu Santo. Nunca encontramos una animada descripción de un paseo, una frase ingeniosa, un retrato vívido; Las confesiones es una amontonada crónica, confusa y difusa, a menudo almibarada, a veces solemne, otras tonta y siempre amenazada por la cháchara. Aquí cito varios ejemplos:

Una sangre que ardía de sensualidad, casi desde mi nacimiento (…) llevado hasta la depravación, hasta la locura (…) voluptuosidades (…) brutales (…) (el) laberinto oscuro y fangoso de mis confesiones (…) Remontándome así a los primeros rastros de mi ser sensible, encuentro elementos que aunque parezcan a veces incompatibles no han dejado de unirse para producir con fuerza un efecto armonioso y simple, y encuentro otros que parejos en apariencia, han formado con el concurso de determinadas circunstancias, combinaciones tan distintas que nunca podría imaginar nadie que tuvieran relación alguna entre sí (sic, respiremos); Su aspecto era cariñoso y tierno, muy dulce la mirada, angélica, la sonrisa y su boca estaba hecha a la medida de la mía, tenía unos cabellos cenicientos de belleza poco común (…) Allí gocé en sus primicias los más dulces, así como los más puros placeres del amor.

El tipo de escritor que encarna Rousseau es alguien que debe ser alentado, protegido, estimulado y jamás juzgado, que ha tenido sus antecedentes en el mecenazgo, un adorno de la aristocracia; pero aún hoy estamos enfermos de respeto por la letra impresa, por palabras difíciles, los «ídolos del foro» que tienden a colocar al intelectual más allá de toda crítica; intelectuales que en todos los presupuestos nacionales pesan mucho más de lo imaginable. A esto se refirió Gramsci en Cultura y literatura, Edicions 62, pag.212):

Los intelectuales conciben la literatura como una profesión en sí misma, que debería «rendir», aunque no se produzca nada inmediatamente, y dar derecho a una pensión (…) El literato reivindica el derecho a permanecer ocioso, (otium et non negotium), de viajar, de fantasear, sin preocupaciones económicas.

Es el retrato de Rousseau, el hombre al que todo es debido: honor, fama, dinero y placeres:

Entraba con seguridad en el vasto espacio del mundo, mi mérito iba a colmarlo; a cada paso iba a encontrar festines, tesoros, aventuras, amigos dispuestos a servirme, amantes urgidas por complacerme.

Las confesiones, pag, 80

 


Las confesiones, de Jean Jacques Rousseau, traducción, prólogo y notas de Mauro Armiño. Editorial Alianza, El libro de bolsillo, 1997, 924 páginas.
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