Marcelo Acevedo: «Mi intención fue armar un muestrario de todas las posibilidades que ofrece la literatura gótica rural»

Escribe | Pablo Concha


Marcelo Acevedo - Foto de Silvia Laura Pérez

El editor y periodista argentino Marcelo Acevedo, quien hace poco publicó la antología de relatos góticos rurales argentinos Sombra terrible (2025). Foto de Silvia Laura Pérez.

 

La pampa argentina es una impresionante extensión natural que abarca unos 760.000 kilómetros cuadrados aproximadamente. Se trata de una provincia rica en valles, mesetas, lagunas, bosques y cuevas. Este territorio, a principios del siglo XIX, fue la cuna de una narrativa con rasgos inquietantes y tendencia hacia el gótico, que da la impresión de estar hoy más fuerte y presente que nunca.

«La alianza entre el modo gótico y los espacios rurales aún ejerce un fuerte influjo en nuestra literatura de ficción», señala el editor y periodista Marcelo Acevedo (Buenos Aires, 1983) en el prólogo de la antología Sombra terrible (AZ Editora, 2025), libro que reúne diez cuentos del gótico rural argentino.

«En nuestra literatura gótica rural no hay castillos en decadencia ni grandes mansiones deterioradas; ese lugar, en cambio, es ocupado por los espacios naturales, salvajes y violentos: lo natural-extraño o la naturaleza weird», agrega Acevedo. «El encuentro de los personajes con la naturaleza no domesticada por el ser humano se convierte en una experiencia religiosa, compleja, una conexión con lo divino, pero también con lo desconocido, lo incomprensible».

La presente antología reúne a autores y autoras que a su manera se apropian de este imaginario y lo llevan a otras dimensiones. Incluye cuentos de Leandro Ávalos Blacha, Flor Canosa, Roberto Chuit Roganovich, Ada María Elflein, Vicky García, Juana Manuela Gorriti, Luciano Lamberti, Juan Machado, Juan Mattio y Mariano Quirós.

Acevedo es autor de Conversaciones con Pablo Capanna (Ayarmanot, 2016), Ruta al infierno. La saga de Mad Max (Cuarto Menguante Ediciones, 2021); ha contribuido con capítulos en los libros Latidos, el pulso del cine argentino (Fan Ediciones, 2015) y En busca del cine weird (Revista 24 Cuadros, 2025), entre otros. Es director junto a Juan Mattio y Flor Canosa de la colección Arqueologías del Futuro de la Editorial Indómita Luz.  A continuación, un diálogo que tuvimos sobre su labor como antologista de Sombra terrible. 

—¿Por qué decide compilar esta antología?
—Desde hace cinco o seis años venía notando que mucha de la ficción que se escribía en Argentina –sobre todo dentro del campo del horror y la ficción extraña– transcurría en el campo, en la llanura pampeana, en el desierto, en la selva, en pueblitos rurales o pequeñas aldeas, pero siempre fuera del contexto urbano, alejado de las grandes ciudades, en el interior del país. Analizando un poco más a fondo encontré otras similitudes más allá del escenario central de estos relatos: el gótico como una sensibilidad recurrente, los climas opresivos, la violencia, la inclusión de santos paganos y mitos rurales, y distintas miradas sobre la clásica dicotomía sarmientina (civilización-barbarie). Entonces comencé a ir cada vez más hacia atrás en la cronología, siguiendo el rastro de esta posible tradición literaria y casi sin darme cuenta, en medio de una vorágine de lecturas y relecturas, llegué hasta el origen de la literatura argentina: El matadero y La cautiva de Esteban Echeverría, el Facundo de Sarmiento y Amalia de José Mármol. Concluí que había una hipótesis de lectura posible, es decir, que la literatura argentina nació gótica y rural, y que esa tradición literaria se mantiene hasta la actualidad. Al mismo tiempo, me di cuenta que en mi búsqueda no había encontrado ninguna antología que reuniese estos relatos. En resumen: armé el libro que me hubiese gustado haber leído.

—¿Cómo fue el proceso de selección de los cuentos?
—Conocía de antemano algunos cuentos por ser lector asiduo de sus autores –Lamberti, Quirós– y estaba convencido de querer incluirlos desde el principio, cuando este proyecto apenas era una posibilidad. Algunos autores y autoras me ofrecieron varios relatos para que eligiera entre ellos, otros fueron escritos especialmente para esta antología, y en los casos de Juana Manuela Gorriti y Ada María Elflein fue un proceso arduo –pero muy emocionante– de lectura, hasta dar con el que consideré más representativo de lo que llamamos gótico rural. Sin embargo, considero que lo más complicado no fue la selección de los cuentos sino el ordenamiento de los mismos, elegir el lugar que iban a ocupar en el índice. No se trata simplemente de seleccionar los cuentos y tirarlos al azar, como si fuesen buzios en un ritual de adivinación. Lo tomé como un proceso de montaje, donde cada cuento y cada autor ocupan un lugar elegido a consciencia. La antología está armada de modo que, si se lee en orden, el lector pueda sentir el paso del tiempo, comenzando en el siglo XVII con el cuento de Flor Canosa hasta llegar a ese futuro incierto, (post)apocalíptico y weird que proponen Juan Mattio y Robi Chuit Roganovich.

—En el prólogo menciona a El matadero de Esteban Echeverría como un texto fundacional de la literatura argentina y del gótico. ¿Cree que es un cuento que sigue siendo leído y reconocido hoy en día?
El matadero se transformó –como La cautiva y el Martín Fierro– en un texto canónico y obligatorio en las escuelas. Es decir, se lee, pero para ser sincero no sé bien cómo se lee. El año pasado, este gobierno que se dice liberal-libertario y es más bien de ultraderecha, conservador y pacato en cuanto a lo cultural, emprendió una campaña de censura contra la novela Cometierra de Dolores Reyes (recomendada como material de lectura no obligatorio y con acompañamiento docente para alumnos de escuelas secundarias bonaerenses), por su contenido sexual inapropiado para adolescentes. Sin embargo, un relato como El Matadero, en el que se narra la decapitación de un niño en medio de una orgia de vísceras y sangre bovina, o el intento de violación de un hombre que muere reventado por dentro con frases como «Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada dénle verga, bien atado sobre la mesa», es de lectura obligatoria en todas las escuelas. Yo creo que la animosidad del gobierno para con Cometierra no tenía tanto que ver con su preocupación por lo que ahí se cuenta, sino por la militancia feminista de Dolores, pero también me hace preguntarme: ¿cómo se está leyendo El Matadero? ¿Por qué no genera controversia un relato lleno de sangre, carne, violencia, decapitaciones, abuso sexual y un lenguaje por momentos soez? ¿No debería, como mínimo, llamar la atención de los adolescentes un cuento con esas características? Quizá si se le quitase solemnidad, si se lo leyese como una obra de terror más que como «un hito fundacional de nuestra literatura», consiga la popularidad que merece. Mientras tanto, las ficciones argentinas lo reconocen y homenajean constantemente. Un gran ejemplo es la serie Okupas, del año 2000, que en su episodio más recordado («El beso de judas») le rinde un claro homenaje a la creación de Echeverría.

Sombra terrible (2025)

Tapa de Sombra terrible (AZ Editora, 2025), volumen compilatorio de cuentos rurales argentinos.

—¿Qué tiene de especial la pampa argentina para ser el escenario de tantas historias enmarcadas en el gótico?
—En su ensayo Un desierto para la nación, el investigador y docente Fermín A. Rodríguez escribe que la literatura argentina «buscó desde sus comienzos abrir un espacio donde inscribir sus signos, sus dramas, sus personajes». Ese espacio lo encontró en La Pampa seca, un territorio que a principios del siglo XIX aún se consideraba un desierto, al que Rodríguez define como un laboratorio onírico de imágenes virtuales que produce todo tipo de manifiestos. Pero, más allá de que La Pampa se convirtió en el escenario principal del nacimiento de la narrativa argentina, a mí me interesa pensar más allá de lo estrictamente pampeano, razón por la cual prefiero hablar de lo rural, que abarca un territorio mucho más amplio. Los espacios rurales enfrentan a los personajes con la naturaleza salvaje, los paisajes inmensos –lo sublime kantiano–, los climas extremos, los animales no domesticados, la dicotomía civilización-barbarie, otro tipo de violencia que no es la de las grandes urbes. En el interior del país, además, tenemos los mitos del campo, los santos paganos, las supersticiones, el sincretismo religioso, y una mitología general muy rica que le es propicia a los géneros, sobre todo a los que tienen que ver con el gótico y el terror.

—En el prólogo también menciona que en el panorama literario actual la tradición del gótico parece haber retornado con vigor. ¿A qué se debe esto?
—No creo tener aún una respuesta concreta a esta pregunta. Es algo que yo también me he preguntado, y creo que la antología fue, entre otras cosas, un intento por responder a estos interrogantes. Quizá los autores tengan una respuesta más clara. Pero es posible que con el paso del tiempo aparezca esta respuesta.

—Los escritores aprenden a escribir leyendo mucho. A la hora de hacer una antología, ¿se podría aplicar el mismo principio?, ¿se puede aprender analizando obras previas?
—Sin duda, mi principal escuela es la lectura. A conciencia, obsesiva, crítica, con un objetivo. Pero también por el puro placer de leer. No se puede armar una buena antología sin antes haber leído mucho, muchísimo. Es fundamental la investigación, la lectura sistemática y tener una hipótesis clara.

—Mi cuento favorito fue «Si fuera Dios este animal sagrado» de Roberto Chuit Roganovich, el cual inaugura de alguna forma una categoría nueva, que usted denomina como neogótico rural apocalíptico. Es un cuento que no desentonaría en una antología de ciencia ficción. ¿Cómo se da su inclusión aquí?
—Mi intención desde un principio fue armar una antología que fuera un muestrario de todas las posibilidades que ofrece la literatura gótico rural, que no debe ceñirse únicamente al territorio pampeano, la tradición gauchesca, el pasado reciente o el presente inmediato, sino que pudiera abarcar relatos que transcurrieran en el futuro, en un ambiente apocalíptico, que incluyeran elementos de diferentes géneros –como la ciencia ficción, el horror folk, o el horror cósmico–, aunque siempre con los espacios rurales –el campo, el desierto, el bosque, los pequeños pueblitos perdidos del interior, etc.– como escenario central y la sensibilidad gótica como eje primordial. Y creo que, en ese sentido, el cuento de Robi –además de ser una pequeña obra maestra– es un ejemplo impecable.

—El escritor Juan Mattio, a primera vista, no es alguien que se asociaría con un género como el gótico, sin embargo, su cuento «Un rebaño de quimeras», mezcla de manera novedosa ese espíritu ciberpunk o futurista con el paisaje rural que predomina en el libro. ¿Fue este relato escrito especialmente para la antología, o existía de antes?
—Este relato de Juan forma parte una novela próxima a editarse. Tengo la enorme suerte de ser amigo de Juan y en algunas ocasiones me convierto en su lector beta. Había leído una versión preliminar de esta novela –maravillosa, por cierto– y cuando me ofreció elegir entre algunos de los «cuentos» que forman parte de ella, no lo dudé ni un segundo. Siempre es un privilegio poder editar y publicar a Mattio, y ese fragmento es, además de una pieza literaria magnífica, un pequeñísimo adelanto de lo que se viene.

—Con Flor Canosa me sucedió algo parecido, no es de entrada alguien que vincularía con el gótico rural, aun así, su cuento «Salamancas» fue uno de los más interesantes. Es bastante curioso que les haya propuesto a estos autores relatos que normalmente no escribirían (en teoría, claro está). ¿Los estaba poniendo a prueba, o experimentando con ellos?
—Flor es una gran amiga, y además una escritora que admiro mucho. Le pregunté si se animaba a escribir un cuento para esta antología y me respondió con ese cuentazo. Con «Salamancas» demostró que no solo es una profesional que se anima a salir de su zona de confort, sino que además es una escritora con una imaginación desbordante.

Entre las recomendaciones de Marcelo Acevedo para profundizar en la lectura del gótico rural argentino está el cuento «La hija del toro», incluido en el libro Las invitadas (1961) de Silvina Ocampo. Además de El eterno silencio (2020) de Eduardo Blaustein; El parche caliente (2023) de Fabián Casas; Distancia de rescate (2014) de Samanta Schweblin; Nadie, nada, nunca (1980) de Juan José Saer —editado en España por Rayo Verde Editorial—; Tres Lagunas (2024) de Juan Machado; Las bestias (2021) de Vicky García y Las mil maravillas (2022) de Denis Fernández, entre otros títulos.

—Si algún lector quiere ahondar en el gótico rural argentino, ¿cuáles obras les podría recomendar?
—«La hija del toro» (cuento, 1961), de Silvina Ocampo; «El evangelio según Marcos» (cuento, 1970), de Jorge Luis Borges; Nadie, nada, nunca (1980), de Juan José Saer; «El rescate» (cuento, 1964), de Daniel Moyano; «La gata» (cuento, 1972), de Héctor Tizón; «El intercesor» (cuento, 2015), de Diego Muzzio; Tres Lagunas (2024), de Juan Machado; Las bestias (2021), de Vicky García; Las mil maravillas (2022), de Denis Fernández; Distancia de rescate (2014), de Samanta Schweblin; «El fantasma y la oscuridad» (cuento, 2013), de Leonardo Oyola; El eterno silencio (2020), de Eduardo Blaustein; El parche caliente (2023), de Fabián Casas.

—¿Qué puede contar sobre sus próximos proyectos?
—Estoy en plena escritura de un libro sobre Philip K. Dick –una especie de «Dick para principiantes»– que me tiene muy ocupado y entusiasmado, y comenzando un libro de ensayos de temáticas variadas que vengo trabajando hace tiempo –gótico (rural, peronista, rioplatense), ficción extraña y cyberpunk latinoamericano–, el cual, si todo sale bien, será publicado el año próximo.

DEBUG: El contador dice 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *