Juan Carlos Galeano: «La experiencia de viajar y escuchar cuentos orales de la Amazonía cambió mi poesía»

Juan Carlos Galeano

Juan Carlos Galeano empezó a realizar sus investigaciones en distintos puntos de la Amazonía tras formarse académicamente en Estados Unidos.

Escribe | William Boose


Un día de agosto del 2014, entré a un aula de la facultad de idiomas extranjeros de la Universidad Estatal de Florida y me senté en el primer pupitre vacío que encontré en el camino, con la idea concreta de mejorar mi español. Antes de que terminara esa primera clase, el profesor Juan Carlos Galeano ya nos estaba hablando apasionadamente sobre sus experiencias de vida en la Amazonía. Durante los años siguientes, me percaté de cuán profundamente esas vivencias habían influido en su poesía, a través del aprendizaje de todo tipo de cosmologías indígenas, cuentos populares o narrativas del río, fenómenos que en su conjunto poseen una esencia que le da forma a sus escritos.

Nunca hubiera predicho, aquel día hace seis años, que esa misma región del mundo me inspiraría a dedicarme también a la poesía, uno de los resultados de las enseñanzas de Galeano. Dos años después de ese encuentro, el carismático profesor convenció a un pequeño grupo de estudiantes —entre los que yo estaba— para ir con él a la localidad peruana de Iquitos, en medio del Amazonas; desde entonces se han hecho habituales mis viajes para realizar investigaciones académicas y ver a mis amigos, que entre otras relaciones me llevaron a comenzar a colaborar con la recién fundada Revista Amazónica Sentidos, dedicada a la poesía, arte, literatura y textos de opinión.

A lo largo de todo este tiempo, el Doctor Galeano y yo terminamos convirtiéndonos en colegas y amigos cercanos. Nuestros proyectos intelectuales y poéticos tienen muchas similitudes, la mayoría de los cuales se derivan de la voluntad que tenemos en común de resaltar algunas formas del pensamiento amazónico que actúan como intervenciones vitales en nuestro momento histórico. Intervenciones que luchan directamente contra las narrativas eurocéntricas que han devastado gran parte de la tierra.

Juan Carlos, quien nació hace 62 años en la Amazonía colombiana, imparte cursos sobre diversos aspectos de la lengua española o de la literatura hispanoamericana —en ocasiones aborda asuntos más especializados sobre estudios amazónicos— en la Universidad Estatal de Florida. Durante las últimas tres décadas, ha estado haciendo investigaciones y creando su poesía en torno a esta zona específica de Sudamérica, la que está conformada por los poemarios Baraja inicial (1986), Amazonia (2003), Sobre las cosas (2010), Amazonía y otros poemas (2011), Historias del viento (2013), Yakumama and Other Mythical Beings (2014) y Cuentos amazónicos (2016). Además del libro Polen y escopetas (1997), que trata de la poesía de «La Violencia» en Colombia. Un proyecto en el que se encuentra trabajando hace varios años es una colección de poemas en prosa sobre plantas y animales amazónicos, del cual ya difundió un adelanto con el texto «Anacondas».  Acerca de su obra, el poeta chileno Raúl Zurita señaló que «su voz es completamente nueva, no oída antes, y cumple con la proeza de agregarle a la poesía de nuestro tiempo la inmensidad de un universo que faltaba». 

En esta entrevista realizada por correo electrónico y discutida a través de varias llamadas telefónicas, el poeta y ecologista nos habla de su vida y trabajo de campo en la selva y los ríos, al mismo tiempo de su obra poética, la cual destaca —desde una perspectiva amazónica— asuntos de crucial actualidad. Algunos poemas de Galeano como  «Cometas» y «Canoa» abren una ventana a polémicas como la supuesta dicotomía entre lo mágico y lo real. El diálogo que mantuvimos concluye con reflexiones sobre el papel que juega la poesía en nuestra época, caracterizada por el coronavirus y los movimientos sociales en el mundo.

—¿Cómo pasaste de tu niñez en la Amazonía colombiana a escribir poemas y llevar a cabo investigaciones en la Amazonía peruana? ¿Qué te animó a volver a la Amazonía, pero en un país diferente?
La experiencia de nacer en la Amazonía colombiana y sentir la vida de selvas y ríos fue esencial. No en vano al hablar del ser profundo, Rainer María Rilke decía que la infancia es la patria de las personas. A mí esa cercanía con el lugar me enseñó mucho. Era una tierra poblada de espíritus, símbolos de ese mundo físico. Como algunos adolescentes, quería escribir, en mi caso para compartir el asombro original que me daban las nubes, la maraña de los bosques, los cantos de pájaros en el día y en las noches las historias de colonos como mis familiares desplazados de una guerra civil en Colombia llamada «La Violencia»; y mi fascinación por los relatos de quienes vivían allí desde siempre. Sin embargo, mis versos de adolescencia no pasaron de ser imitaciones de Neruda, Lorca y otros escritores que leía. Quizás fueran los sentimientos y nostalgia por esos árboles y esa tierra animada los que me llevaron, después de vivir por años en los Estados Unidos, de nuevo a la Amazonía; a conocer ríos y lugares diferentes al Caquetá, la Amazonía colombiana donde había nacido. No quería leer las historias y mitos en libros donde aparecían contados desde una perspectiva occidental equivocada y cargados del lenguaje parnasiano del Modernismo hispanoamericano.

Juan Carlos Galeano en 1996 junto al río Yavarí.

Registro fotográfico del primer trabajo de campo realizado por Galeano en 1996, en el que aparece junto a un cazador de la zona aledaña al río Yavarí.

Volví muchas veces por casi dos décadas a partir de 1996, empezando con una beca de Florida State University, a muchos lugares de la cuenca amazónica (mis investigaciones en la Amazonía peruana en realidad se dieron más a partir del año 2006 durante la preproducción de mi documental The Trees Have a Mother (2008). Del estilo narrativo y la etnopoética que viví escuchando de nuevo las narraciones sobre mitos, leyendas de pescadores, cazadores, chamanes, indígenas y pobladores de las riberas en mis viajes por la cuenca, aprendí a hablar del mundo más que humano de un modo sintiente. Porque te digo que a mí la Amazonía me reveló un estilo mitopoético, me enseñó a contar una historia. Eso me permitió, digamos, una voz para expresar mi mundo del principio y la Amazonía del presente. Creo que mi poema «Cometas» contiene intertextualidades y el cosmos local. Deseaba elaborar un imaginario poético en que ríos, casas, árboles, aves y objetos fueran personas. Un intento de ser vehículo de la psique de la tierra. ¿Acaso no es eso lo que desea alcanzar la poesía? ¿Ser un vehículo lleno de sentimiento de los humanos y del universo? Claro, esto, bien lo sabes, no es ninguna novedad, pues en todos los lugares del mundo, desde el alba de los tiempos, a través de cantos, rituales, danzas, oraciones, en templos, malocas comunales o bajo las estrellas, la humanidad ha expresado con emoción las relaciones con el sol, los océanos, los animales, las plantas, los miembros de otras especies, su entorno.

«Cometas»

Por falta de papel para hacer las cometas,
echábamos a volar nuestras ventanas.

Las ventanas con sus delantales blancos
nos decían lo que miraban.

Pero los indios que veían volar nuestras ventanas
no tenían ni casa ni ventanas para
echar a volar siquiera una cometa.

Era natural que los indios quisieran
hacer volar alguna cosa.

A cambio de pescado podrido, los gallinazos
que volaban en círculos se dejaban amarrar
un hilo al cuello y les servían de cometas a los indios.

Fotos de Galeano en la Amazonía.

1) Junto a Don Humberto, chamán amazónico en Iquitos (2006). 2) Con un chamán peruano en la zona aledaña al río Itaya (1996). 3) El investigador junto al chamán de la comunidad San Rafael, Don Julio Siri.

—Todas tus obras enfatizan las conexiones con y entre las personas, tierras, aguas y otros seres amazónicos. Cuando uno está en la Amazonía, esas conexiones son bien evidentes, son físicas y metafísicas: se puede sentirlas, escucharlas y verlas. Es un lugar que nos enseña que no hay una dicotomía entre lo real y lo mágico. ¿Cómo abordas la tarea de llevar a los lectores a ese lugar, con toda su magia, a través de la palabra escrita?
Tienes razón, en la Amazonía esas relaciones son obvias. Eso se siente al vivir en ese portento de plantas, lluvias, soles, peces, insectos y demás presencias de la floresta. Está claro que allí la trama de la vida ocurre gracias a procesos, correspondencias, luchas, alianzas, parentescos, vasos comunicantes. Como tú bien dices, dichas conexiones son reales y metafísicas; por ejemplo, los animales y las plantas tienen madres que son seres mágicos; y a esos seres espirituales que actúan como guardianes de los bosques y ríos las gentes les llaman abuelo, madre, tío, hermano. Porque la selva es como una gran familia. Allí se da una reciprocidad inmensa. Tú comes lo que quieras de la selva y cuando tu cuerpo regresa a la tierra los gusanos te comen a ti. Como imaginarás, tantas cosas como esas fueron las que escuché de los mayores y de los vecinos viviendo en las «fincas» de mi infancia en el Caquetá, y después cuando hacía mi labor de investigación escuchando esas narrativas orales (cuentos folclóricos les llaman algunos, de modo condescendiente, en la cultura occidental). Ese trabajo de años, que tú conoces, está recogido en Cuentos amazónicos (Ícono Editorial, 2016), cuya última edición, hecha por Gustavo García Arenas en Colombia, contiene hermosas ilustraciones del pintor Rember Yahuarcani de la nación Witoto. Ese proyecto de poner por escrito esos cuentos me parecía necesario, pues el legado de espiritualidad ecológica de esas visiones locales es algo crucial. Contrasta con las visiones de los conquistadores, misioneros y colonizadores que vieron a la Amazonía y a sus pobladores como salvajes y exóticos, algo para domesticar y salvar. También esos cuentos de los amazónicos nos enseñan sobre la reciprocidad y solidaridad con otras especies, de la necesidad de un multinaturalismo parar aliviar nuestra crisis ambiental.

La experiencia de viajar, como te decía, y escuchar cuentos y narrativas orales por tantos lugares de la cuenca amazónica cambió mi poesía. Si bien mis versos tienen gran influencia del Surrealismo, de la poesía japonesa y la norteamericana, y también de poetas como Nicanor Parra en su humor e ironía, mis textos, en su estilo narrativo y perspectiva del lugar, se apoyan de modo central en las cosmovisiones y biocentrismo de los amazónicos. Dentro de esa visión mágica y religiosa del mundo que han tenido las culturas ancestrales, en mi acto de poetizar de modo animista quisiera convocar y traducir con imágenes esa plétora de relaciones. Quisiera hacer eso de la misma manera que un chamán amazónico convoca en sus rituales, ceremonias y curaciones a las subjetividades múltiples e inteligencias del bosque animado. Quisiera alcanzar cierto tipo de arte poética sugerida en el legado de maestros de la tradición hispana como Federico García Lorca, quien en su conferencia «Juego y teoría del duende» nos decía que el arte con duende «une raíces en un punto de donde emanan sonidos negros detrás de los cuales están ya en tierna intimidad los volcanes, las hormigas, los céfiros y la gran noche apretándose la cintura con la Vía láctea». Esas palabras de Lorca, hoy en día, son como una invitación para que nosotros nos esforcemos en hacer sentir el corazón de un árbol o de una nube, ¿verdad?, para traspasar nuestro antropocentrismo y adoptar los miedos y alegrías de una montaña, un río, una planta, etcétera. «La imaginación», nos recuerda el escritor y poeta Wendell Berry, «no está desconectada de la realidad, la verdad o el conocimiento». Lo mío sería algo así como hacer brillar la realidad con esos imaginarios, con las palabras. Como aludía mi amigo, el escritor ambientalista Paul Outka: «los seres humanos no somos más que una partecita de la tierra que aprendió a hablar».

—Hablando de esas relaciones, quiero saber cómo tu amistad con personas de Iquitos y el resto de la Amazonía han influido en tu poesía. O, mejor dicho, ¿cómo te han ayudado esas relaciones a escribir la poesía que se alimenta de esa región y de otros lugares de la cuenca?
El estilo de mis poemas se forma, igual sucede con muchos escritores, gracias a las vivencias de la infancia y de la madurez sentidas con el corazón y los ojos mirando el mundo. Ese modo de «atención enfocada» que debemos al arte, como decía el poeta José Emilio Pacheco. Porque nuestras vidas están hechas de otredades, pienso que el acto de escribir es un vivir en los otros y dejarse habitar sensiblemente por otredades. «Yo soy otro», dijo una vez Arthur Rimbaud, aludiendo, quizás, a nuestro ser cambiante, a una posibilidad de salirnos del yo individual. Y yo interpreto su aspiración para una conectividad con todo tipo de entidades del mundo, las otredades del mundo no humano. Frente a la gran crisis de nuestro tiempo, la catástrofe medioambiental, pienso que la continuidad de la vida en el planeta depende de cuánto podamos abandonar el individualismo, la avaricia. Ese deseo insaciable del capitalismo de hacer crecer el dinero hasta el infinito en una tierra finita para ganancia de unos pocos es una locura perversa. Si hay algo que aprender de los pueblos originarios es el sentido de hermandad y el compartir lo que se tiene. Obtienes un pez que te da el río y lo compartes con tu familia y los vecinos. Es triste que los valores de las culturas aborígenes y prácticas que promueven el buen vivir se vean cada vez más asfixiados por la globalización y un desarrollo económico imposible que solo produce fracturas en las personas y en los ecosistemas que hacen posible la vida de la Amazonía y del planeta.

Fotograma del documental El río (2018), proyecto que dirigió Galeano.

Fotograma del documental El río (2018), proyecto que dirigió Galeano.

Por otro lado, mi experiencia de trabajar en diversos proyectos comunitarios y académicos, y con las organizaciones indígenas, ha sido afortunada pues me ha permitido relacionarme con personas muy sabias, quienes me han enseñado sobre ecología y espiritualidad. Mi amistad con ellos y con gentes de las riberas me han permitido compartir en otras partes su filosofía de vida, sus sistemas de creencias, su perspectiva amazónica sobre la globalización y otros aspectos de la región a través de proyectos de cine documental como The Trees Have a Mother (2008) y El Río (2018), este último gracias a mi amistad con el cineasta peruano Leoncio Ramírez Vásquez. Igualmente, he aprendido mucho de otros escritores y poetas hermanos de toda la Amazonía, cuyas obras considero fundacionales para la identidad de la región.

—Centrándonos ahora en algunos de tus trabajos específicos, tengo una pregunta sobre esos once años entre la publicación de Amazonia (2003) y la de Yakumama and Other Mythical Beings (2014). ¿Cómo cambió la región en esos años intermedios, en términos sociales y ambientales? ¿Cómo afectaron esos cambios a tu poesía?
En términos sociales la situación de las culturas indígenas ha empeorado debido a los asaltos del desarrollo económico promovido e impuesto en la Amazonía. Nuestra «casa en común» se halla en peligro. Dos situaciones desafortunadas que continúan afectando a la Amazonía, y de las que fui testigo durante mi trabajo de campo por muchos ríos y lugares, y en mi vida en Loreto (Perú), son la destrucción de los ecosistemas y el genocidio de las culturas indígenas. Ha sido trágico ver el incremento de la deforestación y pérdidas en la naturaleza debido a los megaproyectos de ganaderías, monocultivos como la soja, palma africana y muchos más. El conocido científico Antonio Donato Nobre, quien estudia la relación de reciprocidad entre los árboles y la atmósfera, nos ha advertido sobre los desastrosos efectos planetarios que tendremos si no detenemos la deforestación. Nuestra desaforada adicción al petróleo y sus derivados ha causado que haya pozos petroleros en la Amazonía, aun en las zonas protegidas, donde han ocurrido innumerables desastres y derrames que causan el envenenamiento y muerte de peces y personas de las comunidades indígenas. La minería y sus dragas destruyen ríos y matan por doquier. Todo eso debido a la codicia de las compañías extranjeras que saquean con el apoyo corrupto de los líderes que actúan desde las capitales de los países amazónicos en acuerdo con administradores y políticos locales.

Yakumama

Portada del libro Yakumama (And Other Mythical Beings) fue publicado en 2014.

El llamado «Desarrollo sostenible» ha sido otro engaño que ha traído más miseria que bienestar. Por oponerse, muchos activistas y dirigentes indígenas han sido asesinados. Como sabes, la poesía no se da ni existe en el vacío. No es ahistórica. Y la escritura que yo trato de llevar a cabo, como la de otros poetas amazónicos, es una escritura situada. El mismo Papa Francisco nos acaba de recordar en su Exhortación «Querida Amazonía», en el 2020, que no podemos ignorar los abusos contra la tierra y los pueblos originarios en la Amazonía. Mi poemario Yakumama and other Mythical Beings, que contiene remitologizaciones específicas de entidades panamazónicas no puede sustraerse a la historia. Esos mitopoemas aluden a procesos históricos y a la destrucción en la cuenca, desde la venida de los primeros exploradores y conquistadores que cosificaron a la naturaleza y propusieron su uso para extracción de recursos en beneficio de las economías occidentales. Un poema como «Yaras» es una muestra de esa vida y de las transformaciones del lugar.

«Yaras»

Mitad mujer-mitad pez las Yaras enamoran a los
hombres que buscan aventuras o riquezas en la selva.
Sólo para cantar sin tener que cocinar viven las Yaras.
(Para los biólogos sólo son vacas marinas asoleándose en las orillas).
Sus canciones curan heridas que las gentes hacen en los ríos.
A los madereros y pescadores que no han cogido nada,
las Yaras les prometen caricias todo el tiempo.
Quienes prueban de su miel se quedan en los ríos para siempre.
En cualquier río, una mujer cantando o peinándose el sexo
puede ser una Yara.

—Seamos aún más específicos, para que los lectores conozcan más sobre tu proceso poético, que a mi juicio es único. ¿Qué te inspiró a escribir «Canoa» (Amazonia 2003, 24) y cómo se reflejan tus experiencias y conversaciones en la Amazonía en este poema?
«Canoa» es un poema inspirado en mis primeros años y experiencias en los ríos; jugando o simplemente pescando desde las canoas acoderadas en las riberas. Las canoas y botes son artefactos imprescindibles en la vida de los amazónicos. En las canoas las mujeres y los hombres lavan ropa, se bañan, pescan y viajan. Una canoa te permite navegar en los bosques de modo íntimo entre lianas, pájaros, insectos y orquídeas bellas, esa miríada de gestos del paisaje por los caminos de agua, especialmente en los inviernos. También, siempre me ha fascinado ver el proceso de su construcción; los detalles específicos, la madera proviene solo de ciertos árboles, su calafateo con trapos de ropa usada de la familia, las medidas, sus colores, etcétera. «Es como nuestro carro en el Amazonas», me decía mi amigo Walter Arimuya Huanaquiri, un indígena Kokama, durante la filmación del documental El Río (2018). Por otra parte, en la mitología de la cultura Desana se habla de una canoa que era una anaconda que viajaba hasta las cabeceras de un río transportando y dejando en las orillas animales, árboles y gentes. Claro, en el poema yo me intereso más en remitologizar e imaginar un itinerario de la especie humana, en situarnos con una visión cósmica. Entonces, aparte de mi familiaridad desde la infancia con canoas y botes, contribuyeron al poema mis experiencias de campo en diversas regiones del Río Negro, en São Gabriel da Cachoeira (Brasil), y en otras zonas fronterizas colombo-venezolanas donde tuve oportunidad de escuchar las narrativas orales sobre seres espirituales y mitos de origen de parte de amigos indígenas Desanas, Tukanos, Uananos, etcétera. Los poemas nacen de nuestras vivencias, no en balde muchos dicen que la poesía es memoria y olvido.

«Canoa»

Una canoa que ha dado a luz a un hombre
lo deja en una playa y sigue su camino.

El hombre le llora a la madre cruel que se aleja remando.

La madre le hace señas de despedida con los remos.

El hombre llora como cualquier recién nacido;
(también porque no tiene brazos como remos
para seguir a la madre).

La canoa no puede consolarlo porque tiene que dejar
más gente en otras partes.

Pero seguro que no es una madre cruel y de nuevo
le hace señas con sus remos.

Al hombre no le queda más remedio que ponerse
más tranquilo. Da unos pasos, mira a su alrededor
y usa las manos para rascarse la cabeza.

Amazonia (2004) de Juan Carlos Galeano.

Amazonia (2004), publicado por Literaria Editores en México.

—Sigo enfatizando este tema de las relaciones mutuas y solidarias porque es muy evidente en todos tus escritos. Por ejemplo, cada uno de tus poemarios tiene ilustraciones hermosas, generalmente de artistas amazónicos. ¿Cómo se articulan y coexisten esas ilustraciones y las palabras en tus poemarios?
Se complementan y sugieren debido a las imágenes visuales de los poemas. Como podrás pensar, mi estilo de representación artística, usando imágenes poéticas visuales se la debo al imagismo norteamericano y, mucho antes, a la tradición japonesa del haikú y los tankas. Los poemas son muy evocativos del paisaje y de entidades físicas, y eso es algo que ha llamado la atención de algunos artistas amazónicos; tal ha sido el caso del pintor Rember Yahuarcani de la nación Witoto. Me sentí honrado por su interés, pues sabrás que Yahuarcani es un artista ejemplar. Es uno de los pintores latinoamericanos más comprometidos con el destino de las naciones indígenas. Así que mi deseo de incorporar el arte amazónico en general en mis libros es mi manera de agradecer una deuda de toda la vida a las culturas ancestrales. Por ejemplo, Amazonia (2004), editado por Literaria Editores, que tú conoces, tiene ilustraciones de Pablo Amaringo, un pintor y chamán del río Ucayali.

Si bien hubo una edición anterior de Amazonia por la editorial Poesía Casa Silva en el 2003, el libro que me parece más bello es el de Literaria Editores, de Guadalajara, dirigida por la poeta mexicana Patricia Medina. La portada está ilustrada con la pintura «La visión de los planetas», en la que vemos seres amazónicos interactuando con otras fuerzas de la selva y el cosmos. También, en el interior, contiene láminas con pinturas de Amaringo inspiradas en su mundo visionario del Ayahuasca, que provienen del libro Ayahuasca Visions (1991) del antropólogo Luis Eduardo Luna y Amaringo. Otra colaboración ha sido con el artista y gran ilustrador amazónico Jaime Luis Choclote, cuyos dibujos se inspiran en la iconografía y en los dibujos de las cosmologías indígenas amazónicas. Pero debo reiterarte y destacar que el mayor aporte colaborativo ha sido el de Rember Yahuarcani. Tengo la suerte de que Rember, quien además de escritor, es alguien que ha sido reconocido internacionalmente por una obra pictórica de extraordinaria originalidad, haya facilitado y creado dibujos e ilustraciones para el interior de mis libros de poesía y cuentos; algunas de sus pinturas aparecen en las portadas de textos como Yakumama and Other Mythical Beings (2014) publicado en Tierra Nueva por Jaime Vásquez Valcárcel y en la última edición colombiana de mi libro Cuentos amazónicos (2016) que te mencioné antes.

—Ya que les hemos dado a los lectores una pequeña introducción de tus obras anteriores y de tu proceso y filosofía poética, ¿podrías contarnos un poco sobre esta nueva colección en la que estás trabajando?
Ese proyecto, mostrado en el poema «Anaconda», es una colección de prosas poéticas sobre plantas y animales, que en mucho es el resultado de mis conocimientos de primera mano; también de mi oído acostumbrado al español de la Amazonía. Es una colección en la que trato de crear una voz donde el hablante poético enuncia de un modo directo, sencillo, desde su oralidad.

—Obviamente, esta entrevista está produciéndose en un momento histórico, uno en el cual las relaciones son tensas y al mismo tiempo aún más importantes. Aquí en los Estados Unidos tenemos una gran cantidad de casos del coronavirus, también manifestaciones masivas que rechazan el racismo sistémico en nuestro país y en el mundo entero. ¿Cómo ves el papel de la poesía, incluso la tuya, en este momento? ¿Has visto un momento histórico parecido antes durante tu carrera poética?
Es uno de los momentos más cruciales por el que atraviesa la civilización occidental y todas las naciones. Nos implica a todos en la tierra. Vivimos la tragedia de una crisis medioambiental y la enfermedad del coronavirus. Es muy paradójico que esta última, que nos ha traído la pérdida de tantos seres queridos y el aislamiento, haya creado nuevos espacios para relacionarnos. Gracias a la tecnología (que también nos esclaviza), en esta pandemia se dan zonas de contactos, lugares para nuevas reflexiones. Surgen prácticas diferentes, nos adaptamos. Hay afinidades, se descubren novedades y detalles en una conversación familiar con la madre o el abuelo. Se hacen alianzas con los vecinos y amigos de otros tiempos y lugares distantes en el globo. Todo eso nos ayuda a pensar.

Eso sí, yo confío que si logramos sobrevivir no deberíamos volver a la normalidad e indiferencia de antes. Esta pandemia debería ser para nosotros como un mensajero, una advertencia, algo así como una conseja anunciándonos la muerte de nuestra especie y el daño del planeta si no construimos un futuro sustentable. Porque nuestra especie, nosotros, sí que hemos sido el peor coronavirus para la tierra. Respecto a esta idea del llamado de atención, no puedo evitar aludir a una lectura recontextualizada del gran poema «Los heraldos negros» de César Vallejo. Pero si logramos repensar el destino de la humanidad, esos cambios deben ser estructurales por toda la sociedad promoviendo la justicia social, la justicia ambiental ¿no es cierto? Es evidente que esta pandemia, si bien ha puesto al descubierto muchas lacras de la miseria humana, ha creado espacios para la compasión y la solidaridad. Hemos visto la aparición de fuertes protestas políticas por parte de movimientos progresistas diciendo basta al racismo promovido por el estado; igual, dicen mucho  las protestas por el genocidio de naciones indígenas en la Amazonía. Hay infinidad de denuncias contra los líderes políticos en Brasil y en Estados Unidos.

También, la pandemia, al atenuar la velocidad de la gran maquinaria capitalista de fábricas, aviones y grandes barcos que dejan heridos el aire y los océanos, y sus nocivos proyectos, nos ha permitido sentir de nuevo la vida y la respiración del planeta. La tierra nos habla. Escuchamos noticias de amigos sobre cómo la pandemia les ha facilitado renovados encuentros con sus lares y con algunas especies que deciden acercarse con timidez a los humanos. En muchos sentidos, la enfermedad ha funcionado como un ritual, como un ejercicio del multinaturalismo que tanto necesitamos. Ojalá que esta fragilidad dolorosa que experimentamos nos despoje de nuestra hubris, esa soberbia inmensa de creernos la especie más poderosa de la tierra y que sea algo así como una revelación de que para seguir existiendo necesitamos de esas comunidades vivas del mundo no humano con quienes compartimos el planeta. Pero volvamos a la poesía, a tu pregunta sobre «¿qué papel juega la poesía?». En una tierra devastada el papel de la poesía es «recordar ciertas realidades enterradas», decía Octavio Paz. Estoy de acuerdo, pues me parece que las palabras funcionan como lámparas que usamos para iluminar la maravilla del mundo, para amarlo y no dejarlo morir. La función de la poesía no es otra que mostrar de modo bello para nuestro asombro esas relaciones y correspondencias que existen en el universo. El carácter de la poesía, en su ethos de libertad total, es ser un vehículo de expresión de la voz de todos. Además, para nuestro tiempo, la poesía es la voz emocionada de la tierra a través de nuestros cuerpos.

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