Especial Premio Adonáis 2018

El Premio Adonáis es uno de los galardones de poesía más prestigiosos del mundo hispánico. Nació en 1943 con el objetivo de dar voz a poetas emergentes que escriben en lengua española. En la actualidad, la colección Adonáis dispone de más de 660 títulos, que ofrece una exquisita radiografía de la evolución de la poesía en nuestro idioma durante más de siete décadas.

Un año más, Revista Aullido inicia la tarea de recopilar una muestra de la obra de los finalistas del Premio Adonáis. La ganadora de esta convocatoria fue Marcela Duque, mientras que los accésits recayeron en los trabajos presentados por José Alcaraz y Guillermo Marco. El resto de finalistas son Estefanía Cabello, Israel Álvarez Bejarano, Marina Casado y Aitor Francos.

La entrega del premio se celebró el pasado 14 de diciembre de 2018 en la Biblioteca Nacional de España, teniendo como invitado de honor a Rafael Morales Barba (Última poesía española, La poesía española entre 1980 y 2005, etc). Se trata de un acto que, según la organización, «refuerza el compromiso de la colección Adonáis, editada por Rialp, con los jóvenes poetas que escriben en lengua española». El jurado del certamen estuvo compuesto por Carmelo Guillén Acosta, Joaquín Benito de Lucas, Julio Martínez Mesanza, Eloy Sánchez Rosillo, Enrique García-Máiquez y Aurora Luque Ortiz.

Se puede desplegar una pequeña muestra de cada poemario al pinchar en el título situado bajo la biografía del autor/a.

 


Marcela DuqueBello es el riesgo

Marcela Duque nació en Medellín, Colombia, en 1990. Estudió Filosofía en la Universidad de Navarra, donde ganó un concurso de poesía y ocupó el tercer lugar en un concurso de relato corto. En el 2017 se le concedió un accésit en un concurso de ensayo de la Universidad de Yale. Actualmente se encuentra realizando su doctorado en Filosofía en Washington D.C. Bello es el riesgo, su primer poemario, ha sido galardonado con el Premio Adonáis 2018 de Poesía.

 

De Bello es el riesgo

Y también la poesía (Poética)

„Die Philosophie ist eigentlich Heimweh – Trieb überall zu Hause zu sein.“ Novalis.
(“La filosofía no es más que nostalgia—el anhelo de estar en casa en todo sitio.”)

Quiero volver a casa.
A esa que conozco y que no he visto,
en la que nunca he estado, pero es mía,
que extraño como no he extrañado a nadie,
que veo en las personas en el metro
y en la lluvia o en la luna llena de suspiros
y en el sol cuando entra roto en mi ventana,
en la luz de mi vecino a medianoche,
en el tedio de facebook y de twitter.

Me pareciera ir de camino a casa, a veces,
en las buenas conversaciones con amigos,
pero siempre están de paso, peregrinos,
y me encuentro en tierra extraña, nuevamente.
No es casa ningún sitio, siempre es búsqueda,
no sé bien qué es casa, mas no es esto,
pero sé que es verdad porque la extraño,
y que aún no está aquí, porque aún duele.

Quiero volver a casa algún día.

Por esomientras tantola poesía.

 


José Alcaraz El mar en la cenizas

José Alcaraz (Cartagena, 1983). Ha publicado los libros de poemas Vino para los náufragos (Alhulia, 2018) y Edición anotada de la tristeza (Pre-Textos, 2013), con los que obtuvo respectivamente el Premio de Poesía Antonio Gala y el Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España. También ha publicado los poemarios breves Un sí a nada (Ad Minimum, 2015) y La tabla del uno (Injuve, 2012). Ha sido incluido en la antología de joven poesía española Re-generación (Valparaíso Ediciones, 2016), seleccionada por José Luis Morante. Es licenciado en Filología Hispánica. Desde 2014 dirige junto a María del Pilar García la editorial literaria Balduque y desde 2016 imparte el taller de escritura Libreta Mandarache, del proyecto Premio Mandarache. En la actualidad, también ejerce como profesor de Secundaria de Lengua Castellana y Literatura.

De El mar en las cenizas

Soplo tus ojos para limpiarlos
del polvo en el que aún
no estamos convertidos.

Todo lo invisible que nos duele,
¿es el miembro fantasma
de lo que pudimos ser?

Mírame ahora y te sentiré
como un cielo que vuela
hacia los pájaros.

 

Paso las páginas de un libro
y qué amarillento se torna de repente.
Lo compré nuevo y leí con fervor,
mas ―¿acaso es posible?― no fue ayer.
Su papel ya huele a vainilla
―¿es éste el perfume del tiempo?―
y sus palabras, tan sabias, antiguas antes,
hoy parecen más jóvenes que yo.
Cierro el volumen. Deslizo las manos
sobre la cubierta. Las llevo a mi rostro.

 


Guillermo MarcoOtras nubes

Nació en Madrid en 1997. De padres zaragozanos, fue criado entre esta provincia y la capital. Cursa el último año de Ingeniería de Computadores en la Universidad Politécnica de Madrid, y en simultáneo a estos estudios,  Lengua y Literatura Españolas en la UNED. Ha escrito dos poemarios de aprendizaje: Los viajes del cartógrafo (2015) y Métodos del azar (2017). Con Otras nubes, obtuvo un accésit del Premio Adonáis de Poesía 2018. Escribe sobre la relación entre arte y tecnología en el blog Cuarta Cultura (http://blogs.upm.es/cuartacultura/). En estos días disfruta de una beca de colaboración del Ministerio de Educación en el Departamento de Inteligencia Artificial de la Escuela Técnica Superior de Sistemas Informáticos (UPM) para la investigación del procesamiento y generación del lenguaje natural con redes de neuronas artificiales.

De Otras nubes

La historia es injusta repartiendo eternidades

En 1977, en la grabación de una conferencia de Borges, un hombre tose;
junto con la inmortal palabra de Borges queda
la inmortal tos de un anónimo constipado.
Entonces yo pienso en cómo está repartida la eternidad
entre los hombres;
pienso en el obrero (indivisible individuo)
que pasó a la historia como la compleja abstracción de un filósofo alemán
con cierto parecido al Papá Noel de Coca-Cola,
o aquel que fabricó el pincel con el que se pintaron Los girasoles
o el artesano de espejos cuya obra culmina cuando la compra un guapo
o el cristalero que enmarcó el bello paisaje de esta habitación
o, en otro orden de cosas, cómo se llamaría el talón antes de que muriera Aquiles.
Se trata de un trabajo complementario
entre la tos y la voz,
el pincel y el cuadro,
el cristal y el espejo y su paisaje.
Aunque no lo merezca,
déjame toser cuando converses de tu vida.

 

Despoblación

A mi padre

Durante las siestas de agosto en Mara
nos hundíamos en las dunas calientes
del granero por puro aburrimiento.
El soplido perezoso
del viento entre las colinas
acariciaba mi cara
–más suave que la tuya–
y las amapolas de la mente se mecían
como haciendo cosquillas al niño que fuiste.
Volvemos este verano de paso
–sin tiempo para dormir–
y el polvo de las nubes del horizonte
aparece sin que sepamos
cómo en nuestros bolsillos:
el pasado, aquí, parece el único
destino comprensible.

 

Solo tengo un reloj

Solo tengo un reloj como Fray Luis una elegía
y lo perdí en el río.
No quise enturbiar el agua
y pensé en la ironía de perder el tiempo
con una correa rota que da la razón a Heráclito.

 


Estefanía CabelloEl cielo roto de Shanghái

Nació el 11 de diciembre de 1993 en La Carlota, Córdoba. Graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Córdoba. Ha residido y se ha formado a lo largo de estos últimos años en lugares como Nueva York, Estados Unidos (2012); Ciudad de México, UNAM (2013); Gales, Reino Unido (2014); Guadalajara, México (2014); Rabat, Marruecos (Instituto Cervantes, 2016); Varsovia, Polonia (Consejería de Educación de la Embajada, 2016) y China (2017). Afirma: «Soy de aquí, pero también de todos esos sitios».

Su obra está incluida en antologías como Donde veas (La Bella Varsovia, 2015), La punta del iceberg (Ediciones en Huida, 2015) o Algo se ha movido (Esdrújula ediciones, 2018). Varios de sus poemas también aparecen en las revistas Ocultalit, La manzana poética, Anáfora y Estación Poesía.

En 2017 recibió el XVIII Premio Internacional de poesía joven Gloria Fuertes por su primer libro, 13 segundos para escapar (Torremozas, 2017). En 2018 fue premiada con el Premio Valencia Nova de poesía en castellano que convoca la Institución Alfons el Magnànim por su obra La teoría de los autómatas (Hiperión, 2018). El cielo roto de Shanghái es finalista Adonáis 2018.

De El cielo roto de Shanghái

Lo que te hace vulnerable

Abrazar la palabra hogar
en cualquier hueco del mundo, estrechar dentro de ti
a multitud de cuerpos que se aman,
rumiar cólera y paz
a un mismo tiempo.

 

Geografía de la sangre

Una cometa de papel en el cielo pasa,
los años pasan,
los kilómetros pasan,
la muerte y los deseos,
los universales, permanecen

se quedan atados a la tierra,
a los kilómetros de las avenidas,
como un olor que lo inunda todo,
un silencio que estrecha el cuerpo
con miles de lazos rojos invisibles.

 

Paisaje de interior

Ni siquiera el mar.
Ni siquiera las manos que de pequeña
te sujetaban para portarte bien.
Los accesorios de encaje,
los anillos de juguete que usabas para adornar tus dedos.

El astillero es un gran cañón gris. Sientes los pies fríos,
los recuerdos húmedos,
no entiendes qué extraña correlación es esa.

Las voces de las sirenas no se escucharon nunca
y todo lo que sientes es una gran nada
bañada de una luz inerte.
No deberías estar ahí pero y dónde
piensas en el color rojo, naranja, colores cálidos
cuánto demandan los colores cálidos al aire.

A lo lejos, luces del puerto tecnológico de la ciudad.
Yo y este mar inmenso que es la nada
tus pies, dos manchas dentro de un cuadro de un viejo pintor,
colgado en un museo raído en Nueva York o Ámsterdam.

La nada, frío, frío
el mar, ¿el mar? un monstruo
que me va a tragar
si intento tocarlo.

 

 


Israel Álvarez BejaranoÁlbum de familia

Israel Álvarez (1986) nació en Huévar del Aljarafe, municipio de Sevilla, y lleva escribiendo y sumergido en el mundo poético desde los 18 años. Actualmente cursa el Grado de Historia en la Universidad de Sevilla.

Finalista del Premio Adonáis de Poesía 2018, ha participado en el Certamen Andalucía Joven de Poesía del Instituto Andaluz de la Juventud, así como en el XIII Certamen de Creación Joven del Ayuntamiento de Sevilla.

Autor miembro del Centro Andaluz de las Letras, ha publicado en diversos medios o blogs digitales relacionados con la literatura y la cultura, como Bubok, Groenlandia, Cinosargo, El coloquio de los perros, Palabras Diversas, Palpitatio Lauri, Revista Zéjel o Revista Nueva Grecia.

Ha asistido a ferias del libro como en Madrid y Sevilla, y participado en multitud de recitales, como el recital joven de Poesía Ya de Barcelona.

Es autor de los poemarios El Leteo (Bohodón Ediciones, 2013), Demiurgo (Ediciones En Huida, 2014) y Atlas (Ediciones En Huida, 2017).

De Álbum de familia

Prisma redondo

Cuando fingimos soledades o alegrías
todo un cosmos se construye,
poco a poco,
por dentro.

Y tendrá que ver la luz con que inflige
el sol ardiente sus destellos sobre las alas,
o la mancha púrpura casi oscura que bordea los párpados
en el arco de su cuenco.
Tendrá que ver mucho la separación de unas manos vivas
alargándose en balde
cuando la física se impone y la metafísica te aplasta.

Si la vigilia reinventa el mundo recién dormido,
que sueñas a tientas.

Si el frío destapa los huesos de tu cuerpo al compás
del tic tac del reloj donde habitas,
también tendrá que ver.

Por eso un caleidoscopio es el arma contra ti mismo más
poderosa de cuantas se soñaron.
Porque no es lo mismo unas rodillas que tus rodillas.

Sentarse sobre tus rodillas
es subirse a la colina más alta del mundo,
quizás la cima del universo.

Sentarse y descansar la cabeza
sobre tus rodillas
o entre los muslos redondos
puede parecerse a abrírsele los pétalos de tu boca,
y sin embargo pienso
que en algún momento de mi infancia
nos sentamos todos juntos en la mesa, dejando caer nuestras cabezas
en las rodillas exactas y sagradas

por
última vez

y nadie lo sabía.

 

Creo que todo es posibilidad

Creo que todo es posibilidad.
Lugares vivos en noches extrañas,
que una luz apagada como tal no existe
sino que una oscuridad toda, completa, gana el pulso.

Supongo que el amor,
ancho espejo azul de cristal,
encuentra el reflejo en todas partes y descansa,
pájaro de plumas fértiles,
en la mejor rama
para escribir el mejor versículo de su vida.

Creo que todo es posibilidad,
orden azaroso,
caos organizado por el arquitecto del viento.

Que tú estés ahora leyendo estos versos
es posible.
Que estos versos
puedan servirte.
Que la primavera puede traer ojos húmedos.
Que la tormenta se posa en prados verdes
para que crezca mejor la hierba.

 

Tunoye

a Ana Fernández González
(mi Abuela Manolita)

Saber que se te llaman por el aire
por tu nombre y hacerte el sordo
como si el viento tomara una dirección hacia abajo,
y tu nombre no es en verdad tu nombre, y el mío puede no serlo.
¡Tunoye!
Quítate la chaqueta,
dices,
que no te quejas,
y no quererlo porque estoy ya acostumbrado a esta asfixia que me es familiar, a estos cómodos ropajes que conozco desde el alba.

¡Tunoye!
¿Tú no oyes?
La guitarra en casa siempre te ha esperado y nunca has tocado
para mí
me dices,
¿me oyes?
Tú no oyes. Repites.
Como los muertos con los que hago mis mejores monólogos, no.
Las lápidas son muros infranqueables con defecto de fábrica: no tienen llave de apertura.

Niño, ¡tunoye!
Bájate de ahí que no haces nada bueno
de provecho, y
ven de la mano por el campo de al lado y siembra esto y lo otro,
pero ahí, sin salirte del agujero fértil que te marco.
Besos infantiles asaltaban tus mejillas.

Mi casa de niña era la más preciosa.
La veo en sueños, y nada más.
¿Tunoye? La más preciosa te digo de las casas de niña y feliz con mi abuela.

Mi baño en su bañera
de tulipán y arena en los zapatos yo,
tumbado y mojado no tan niño yo para luego cenar en un vaso con cuchara algo tuyo que yo quería.
Pájaros disecados me miran y pienso que un día cruzaron nubes y ya no oyen.
Tunoye ciertamente solemos agudizar los sentidos cuando nos da la gana
y a veces un niño los cierra por no salir de su mundo
y a veces un hombre los cierra porque no sabe abrirlos
y dejé de oír las palabras tuyas a veces
muy débiles como cristales derruidos de peinadoras que recuerdas y que no sabes si las guardas o las vendiste por necesidades de tres bocas.

¿No oyes cómo te llamo?
Tú no oyes.
Quien tenga oídos, que oiga,

 


Marina CasadoNoche o pájaro azul

Marina Casado (Madrid, 1989) trabaja como profesora de Lengua Castellana y Literatura en Madrid. Es Licenciada en Periodismo y Doctora en Literatura Española. Es autora de dos poemarios publicados con Ediciones de la Torre: Los despertares (2014) y Mi nombre de agua (2016), y de dos ensayos: El barco de cristal. Influencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014) y La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017). Ha dirigido varias antologías, entre ellas, De viva voz. Antología del Grupo Poético Los Bardos (Ediciones de la Torre, 2018). Su obra poética y en prosa ha obtenido varios galardones, como el Primer Premio del VII Certamen de Poesía Rafael Morales de la Universidad Carlos III de Madrid, el Primer Premio de Relato de Cadena SER Madrid Sur o el Primer Premio de Relato Eugenio Carbajal.

De Noche o pájaro azul

Horizonte

Este es el horizonte que me espera.

Cuando escucho llover
se deshojan castillos en mi pecho
y la primera luz de la mañana
me envuelve en torbellinos de penumbra.

Bailar sobre los charcos es pedir
una prórroga al viento
para que nadie nos acuse
sin habernos herido.
La flor de la nostalgia nace;
se apaga y de repente resplandece,
encendida de nuevo eternamente
sobre las estaciones.

Mañana bien podría ser mañana,
pero también un pájaro,
un paréntesis,
una locura disfrazada de verano
que bese mis cabellos
sin acusarme.

Quiero una herida frágil,
profunda y desgarrada,
una herida que muerda
las mañanas de plata
antes de que la oscuridad del sol
nos arrebate.
Quiero mirar muy lejos,
que en mi mirada se desaten
palomas de papel.

El día se descubre sin espinas,
recto, largo y feroz como un sudario;
las horas que pensamos todavía
se alejan por la carretera gris del frío.
En esta hora exacta te he esperado,
he medido relojes y deshecho autobuses
para que no recuerdes nunca
haberte despertado.
Pero ahora la lluvia me delata,
la lluvia sin heridas.

Este, y no otro:
el horizonte que me espera.

 

Reflejo

Ella era hermosa y frágil
y tenía los labios
color de rascacielo.
Ella era como un cuento
asesinado por el frío de esta realidad.
Ella a veces se oculta
muy dentro de mi nombre
como si en él nadie pudiera hacerle daño.

Todas las madrugadas
agito su recuerdo
.                           frente al espejo impávido.

 


Aitor FrancosMemoria del adentro

Aitor Francos (Bilbao, 1986). Ha publicado los libros Igloo (Renacimiento, 2011. XIV Premio Surcos), Un lugar en el que nunca he escrito (Ediciones Liliputienses, 2013 y segunda edición ampliada en Renacimiento, 2013), Las dimensiones del teatro (Isla de Siltolá, 2015), Las gafas de Pessoa (Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2018, VIII premio Hermanos Machado), la plaquette Ahora el que se va soy yo (4 de agosto, Colección Planeta Clandestino, 2014), los libros de aforismos Fuera de plano (Cuadernos del Vigía, 2016. III Premio José Bergamín), Camas (Trea, 2018) y Aforo completo (Prames, Las tres Sorores, 2018) y los de haikus, Filatelia (Renacimiento, 2017) y Un buzón en el desierto (Prensas universitarias de Zaragoza, 2018). Ha sido incluido en antologías como Re-Generación (Valparaíso, 2016) y Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016)

De Memoria del adentro

Shinkiro

Se ha ensanchado la casa
de tanto respirarla desde dentro.

Sólo me acaricia el polvo del tedio
que sale al silencio abrazando un libro.

Late en la piedra
el aire del vencejo

liviano en la altura más inesperada.

La pintura en las alas
remarca la caída
de lo que no fue origen.

Si pudiera escribir con una sombra.

 

Extraña familiaridad

Ningún signo lo afirma
pero bien sé la evidencia del fin.

La luz deja caer
su ropa sobre la cama
y desnuda mis ideas.

Conozco la prisión
de los ojos. Su extraña
memoria involuntaria.

En lo que leo estás.
Y yo toco tu vida con un libro.

 

Acróbata

Estamos listos para imaginar
al poema enganchado
de apenas dos dedos a la barra fija de gimnasia.
Su trabajo es, entonces,
comprobar la firmeza del agarre,
detener en su figura el medido
estertor del cincel
musculado. Queremos
verle salir al pabellón de los elegidos
a pulir y lijar
el aire con el movimiento de sus ideas,
celebrando la armonía y el ritmo
de subir y bajar
con igual determinación
de dios y esclavo. Pero
nunca dejará de estar en contacto
con lo que le mantiene en el Olimpo,
esa altura prudente
del salto sujeto a la barra fija
del horizonte y el tiempo futuro.
Si alguna vez alzase
del todo el vuelo sería, sin duda,
para caer. Quedando inacabado.

 

Los desechos

Me pregunto si el balanceo de esta
mesa será el correcto.
Se me hace difícil escribir lejos
del mármol de la cocina.
Es crucial
el olor a desinfectante y a
lejía para armar un texto, tanto
o más que la transparencia en un cuerpo.

Pongo a hervir agua para un café
rápido (sin llegar nunca a sentarme
se me pasa la vida)
y sumo esa oscuridad esencial
de los productos lácteos
a un crecimiento pausado y dócil,
el del poema envuelto entre las sobras
de lo que ya he vivido.

A veces se me ocurre
mover la posición de los imanes
de la vieja nevera antes de abrirla,
y es otra mi percepción de la infancia.

 

Material de derrumbe

Intento levantar
con la imagen de mi desaparición un muro.

Mas no todo se pierde con la memoria:
qué difícil sumarle otro vestigio,
leer el fuego.

Los papeles encima de la mesa
le dan un aire romántico al cuarto.
Les limpio las heridas con costumbres.

Me duermo en el rincón de las creencias,
cambiando el paraíso.
Y que el viento me lleve de la mano,
sumiso, a la palabra más sencilla.

 

Un lector se levanta a mitad de la noche con mucha sed

No somos islas / más que para quienes nos ven desde el mar.

Qasim Hadad

A veces una isla
no acaba de cerrarse
y aún le duele estar en un paréntesis.

Lo que mancha la muerte es la memoria.

Ahora vive para la permanencia,
difícil de tocar.
Es un día perfecto
en el agua sucia de las preguntas.

La isla es mi gran obra inacabada.
Un nombre le da el punto de equilibrio.
La dejo en arras;
cada vez que la lee un explorador
me entra arena en los ojos.

En vez de un ancla, le ponen medallas.

Para que no se pierda
viviendo en cautiverio.

 

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