Ángela Álvarez: «La estación de las moras»

Ángela Álvarez Sáez nació en Madrid en 1981. Es licenciada en Derecho por la Universidad Pontifica de Comillas (Icade). Fue becada por la Fundación Antonio Gala en la promoción 2005-2006.

Ha publicado los siguientes libros de poemas: La torre de las tortugas (Hiperión, 2006), Metales en la voz (Vitruvio, 2006), Las versiones del tigre (Vitruvio, 2007), De conjuros y ofrendas (Polibea, 2015) y La columna rota (Huerga y Fierro, 2016).

Además, poemas suyos han aparecido en revistas literarias como Nayagua o La manzana poética. Ha sido galardonada con los premios de poesía Antonio Carvajal, Luis Rosales (Cadena Cope y Obra Social Caja Madrid), Café de Oriente “Gerardo Diego”, Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid (2007), Florencio Quintero, Alfambra, Gran Hotel Canarias, Mujeres Creadoras del Ayuntamiento de Baena y “La voz más joven 2011” (obra social Caja Madrid).

Asimismo, ha sido finalista en cuatro ocasiones del Premio Adonáis y accésit en los Premios del Tren “Antonio Machado” organizado por RENFE en el año 2008. En la actualidad reside en Madrid y compagina el ejercicio de la abogacía con la escritura.


Fuego

Nos dijeron que la vida era hermosa y que ninguno tendríamos que lidiar con el exilio. Nos enseñaron los collares y las ostras que venían de ultramar. Nos dijeron que la madre es la saliva justa y tibia y las manos circulares. Hablaron toda la noche. La luna llenó de manzanas la mesa de la cocina. Luego se fueron. Dejando todas las puertas entornadas.


Agua

Regresamos de noche. Las luces iluminan el agua de la piscina y el camino hacia las dunas. Hemos salido a cenar y al volver a casa coges el cuchillo con el mango de nácar y me preguntas si en su filo veo reflejados los huesos diminutos del amor.


Tierra

Laboriosos comenzamos la siembra. Nada saben nuestros descendientes de este dolor estático en los ojos ni del hondo abrazo del padre. Nuestros cuerpos doblados por la vendimia igualan en aspecto al del junco. Nuestro verdadero nombre descansa en las profundidades del barro. A nuestro hijo se lo llevó la corriente.


El olivo

Traed el olivo. Arrancad de cuajo sus raíces. El camino quedará limpio y mi memoria traerá hojas adheridas a su carne.


Los arcos y las flechas

Cuando la huella del animal
comienza a disiparse y en la tierra
una costra amenaza cualquier
forma de redención, pienso
en aquellos veranos ingrávidos,
en la casa de adobe
luciendo sobre la sangre ácida.
Luego la herida vuelve a hacerse carne
y con la carne vuelven los arcos
y las flechas y los cazadores
apostados en un rincón de la memoria.


Alepo

Pienso en Alepo.
Veo los edificios horadados de metralla.
Veo una ciudad sin familias sentadas a la mesa.
Imagino que un puñado de hormigas
habita su cuerpo. Un niño aparece en las noticias
limpiándose la sangre de la cara
con un gesto que brota natural e indolente.
Otro ha sido engullido por el mar y devuelto
como un objeto inanimado. Esos niños
tienen un nombre. Y unos ojos en los que cabe
todo el horror de la guerra.
Levanto la vista de las imágenes
que llegan impunes a este lado del cristal
y veo a mi hija a salvo, jugando
con tacitas y huesos de aceituna.

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